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Mitos y realidades de los desastres nucleares: una mirada científica

Los desastres nucleares y radiológicos han sido, desde hace décadas, algunos de los eventos más relevantes y mediáticos en la historia de la tecnología moderna. Su sola mención suele evocar imágenes de evacuaciones masivas, zonas contaminadas y consecuencias de largo alcance, alimentadas tanto por hechos documentados como por una fuerte carga de mitos.

Casos como el accidente de Chernóbil, en la entonces Unión Soviética, o el desastre de Fukushima, en Japón, han marcado un antes y un después en la regulación, la percepción pública y el debate global sobre la energía nuclear. Sin embargo, la cobertura mediática de estos eventos no siempre ha distinguido con precisión entre riesgos inmediatos, efectos a largo plazo e interpretaciones alarmistas.

En este contexto, el doctor Benjamín Leal Acevedo, encargado de la Unidad de Irradiación y Seguridad Radiológica del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, impartió la conferencia “Desastres nucleares y radiológicos: mitos y realidades”, con el objetivo de analizar, desde la evidencia científica, los alcances reales de estos eventos y contrastarlos con las creencias más difundidas en la opinión pública.

A lo largo de su ponencia, el especialista abordó las diferencias técnicas entre una explosión nuclear y un accidente radiológico, así como el impacto real de la radiación en la salud humana y el medio ambiente. A partir de estos planteamientos, desmontó diversos mitos arraigados, como la idea de muertes instantáneas masivas o la supuesta esterilidad total de las zonas afectadas, sin minimizar la gravedad de los accidentes ni la importancia de la prevención y la transparencia informativa.

Desastres nucleares y radiológicos: mitos y realidades

Mito 1: “Nuclear” y “radiológico” son lo mismo

Realidad: aunque en el lenguaje cotidiano suelen utilizarse como sinónimos, en realidad describen fenómenos distintos.

Leal Acevedo explicó que lo nuclear se refiere a los procesos que ocurren en el núcleo del átomo, particularmente la fisión y la fusión, los cuales permiten la liberación de grandes cantidades de energía en reactores o en armas atómicas. En cambio, lo radiológico se refiere a la presencia o exposición a radiación ionizante proveniente de fuentes que no necesariamente implican una reacción nuclear en cadena, como equipos médicos, aplicaciones industriales o materiales radiactivos almacenados o en tránsito.

Esta distinción es clave, ya que los riesgos, los mecanismos de control y los escenarios de accidente son diferentes. Sin embargo, en la percepción social ambos conceptos suelen fusionarse en una sola idea de “peligro nuclear”, lo que contribuye a la generación de mitos y malentendidos.

Mito 2: Toda instalación nuclear es una bomba o puede explotar como una

Realidad: uno de los mitos más extendidos es la idea de que las instalaciones nucleares pueden comportarse como armas nucleares. Esta representación, alimentada por imágenes cinematográficas y mediáticas, no corresponde a la realidad técnica de un reactor.

Un reactor nuclear no está diseñado para producir explosiones, sino para mantener una reacción en cadena controlada y estable, donde la energía liberada se utiliza de manera gradual para generar calor y, posteriormente, electricidad.

En este sentido, el especialista señaló que es común confundir elementos visibles de las centrales nucleares, como las torres de enfriamiento, con el reactor mismo. Sin embargo, estas estructuras no forman parte del núcleo donde ocurre la fisión nuclear; su función es enfriar el agua utilizada en el sistema para permitir su recirculación.

El reactor, por su parte, se encuentra en una estructura altamente blindada, diseñada específicamente para contener la radiación y garantizar la seguridad del sistema.

Mito 3: Un accidente nuclear siempre es catastrófico y masivo

Realidad: para comprender los accidentes nucleares y radiológicos es necesario contar con herramientas de clasificación que permitan diferenciar su gravedad. En este sentido, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) estableció la Escala Internacional de Sucesos Nucleares y Radiológicos (INES), que clasifica los eventos del nivel 0 al 7, considerando el impacto en personas y medio ambiente, el daño a las barreras de seguridad y las fallas en los sistemas de control.

Gracias a esta escala, es posible entender que no todos los incidentes relacionados con radiación constituyen desastres. Existen eventos menores o fallas operativas sin consecuencias radiológicas significativas, aunque igualmente deben registrarse y analizarse para fortalecer la seguridad.

Sin embargo, la percepción pública suele verse influida por tratamientos mediáticos sensacionalistas que tienden a homogeneizar todos los eventos como catástrofes.

Entre los sucesos más graves clasificados en los niveles superiores de la escala INES destaca el accidente de Chernóbil, considerado el más severo en la historia de la energía nuclear.

El accidente fue resultado de una combinación de factores técnicos y humanos: un diseño inadecuado del reactor, un experimento realizado bajo condiciones inseguras y una cultura institucional que priorizaba la producción energética por encima de la seguridad. Sus consecuencias incluyeron la evacuación de grandes poblaciones, la contaminación de amplias zonas y efectos a largo plazo en la salud pública, explicó Leal Acevedo.

Años después, el mundo enfrentó otro evento de gran magnitud: el accidente de Fukushima. En este caso, la causa no fue un error operativo directo, sino un desastre natural extremo. Un terremoto de gran magnitud, seguido de un tsunami, superó las previsiones de diseño de la planta y provocó la pérdida de sistemas de refrigeración esenciales.

A diferencia de Chernóbil, la estructura de contención fue más efectiva, lo que permitió limitar en mayor medida la dispersión del material radiactivo. Sin embargo, el evento tuvo importantes consecuencias sociales y económicas, incluyendo evacuaciones masivas y un amplio debate sobre la gestión del riesgo.

Mito 4: La radiación mata de forma instantánea a cualquiera que se acerque

Realidad: la radiación ionizante puede causar daños graves a la salud, pero sus efectos dependen de múltiples factores: la dosis recibida, el tiempo de exposición, la distancia respecto a la fuente y el tipo de material radiactivo involucrado.

El especialista del ICN explicó que algunos radionúclidos tienen afinidades biológicas específicas. Por ejemplo, el yodo 131 tiende a acumularse en la tiroides, mientras que el estroncio 90 puede depositarse en huesos y tejidos internos. El cesio 137, por otro lado, suele dispersarse en el ambiente y contaminar suelos y cadenas alimenticias.

Es necesario aclarar que muchos efectos asociados con accidentes radiológicos no son inmediatos, sino acumulativos o de largo plazo. Incluso en casos graves como Chernóbil, las consecuencias incluyeron distintos niveles de exposición y afectaciones diferenciadas entre trabajadores, rescatistas y población civil.

Asimismo, destacó que algunos de los daños más severos ocurrieron entre los llamados “liquidadores”, quienes participaron en las labores de contención del accidente y estuvieron expuestos a dosis extremadamente altas de radiación durante periodos cortos.

Mito 5: Las zonas afectadas por radiación quedan completamente “muertas”

Realidad: uno de los imaginarios más frecuentes es la idea de territorios completamente inhabitables. Sin embargo, la realidad observada en zonas como Chernóbil es más compleja.

Aunque existen áreas con contaminación persistente y restricciones de acceso, también se han documentado procesos de recuperación ecológica. Algunas especies animales han logrado adaptarse y proliferar en ausencia de actividad humana.

Esto no significa que los riesgos hayan desaparecido. Persisten estudios sobre mutaciones, contaminación del suelo y efectos biológicos en distintas especies. La recuperación ambiental, subrayó el especialista, no elimina la gravedad del desastre ni sus consecuencias sanitarias.

Mito 6: Los accidentes nucleares ocurren únicamente por fallas tecnológicas

Realidad: aunque los aspectos técnicos son fundamentales, los accidentes nucleares también involucran factores humanos, administrativos y regulatorios.

En el caso de Chernóbil, el desastre fue consecuencia de una cadena de decisiones inseguras, protocolos deficientes y una cultura institucional que minimizaba los riesgos. La presión por mantener la producción energética y la falta de supervisión efectiva fueron elementos clave.

A partir de accidentes como este, la comunidad internacional fortaleció el concepto de cultura de seguridad, entendido como un conjunto de prácticas, valores y responsabilidades que priorizan la prevención de riesgos por encima de los objetivos operativos o económicos. Actualmente, los sistemas de seguridad nuclear incluyen entrenamiento constante, auditorías y mecanismos de transparencia para evitar la repetición de estos errores.

Mito 7: Todos los materiales radiactivos provienen de reactores nucleares

Realidad: existen múltiples fuentes de radiación en ámbitos médicos, industriales y científicos que no dependen de un reactor nuclear.

El doctor Benjamín Leal Acevedo mencionó el accidente radiológico de Goiânia, Brasil, ocurrido en 1987, donde una fuente médica de cesio 137 abandonada fue manipulada por civiles, lo que provocó una grave contaminación y varias muertes debido al desconocimiento del peligro.

De forma similar, recordó el caso de las varillas contaminadas de Ciudad Juárez, en 1984, cuando material radiactivo se mezcló con acero industrial tras el manejo inadecuado de una fuente de cobalto 60.

Estos casos evidencian que los accidentes radiológicos pueden ocurrir fuera de instalaciones nucleares y que la regulación estricta de fuentes radiactivas es esencial.

Mito 8: La energía nuclear solo es destrucción

Aunque los accidentes han dejado una huella profunda en la memoria colectiva, la energía nuclear sigue siendo una de las fuentes con menores emisiones de carbono y alta eficiencia en generación eléctrica.

Su viabilidad, sin embargo, depende de mantener estrictos estándares de seguridad, supervisión constante y transparencia institucional. “El problema no es únicamente la tecnología, sino cómo se utiliza, cómo se regula y cómo se comunica”, concluyó el doctor Leal Acevedo.

Una visión completa

A través del análisis de conceptos clave y de casos históricos como Chernóbil, Fukushima, Goiânia y Ciudad Juárez, se evidenció que los accidentes nucleares y radiológicos no pueden reducirse a explicaciones simplistas ni a narrativas exclusivamente catastróficas.

La comprensión de estos eventos requiere distinguir entre tipos de riesgos, niveles de impacto y condiciones específicas de cada incidente. Asimismo, la gestión del riesgo no depende únicamente de la tecnología, sino también de factores humanos, institucionales y culturales que influyen directamente en la seguridad.

En conjunto, es necesario desmontar mitos persistentes y promover una visión más informada, crítica y equilibrada sobre la energía nuclear y la radiación, en la que la prevención, la regulación y la transparencia sean elementos centrales.