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Más de un millón de migrantes en España: la voz detrás de las cifras

La migración tiene cifras, pero también tiene voz. Y este jueves 19 de febrero, en la sede del Instituto Cervantes en Madrid, esa voz habló en primera persona.

La entrega del IV Premio de Relato Migrante UNAM–España / Centroamérica Cuenta reunió literatura, política cultural y experiencia vital en un mismo acto. El certamen, impulsado por la UNAM–España y el festival Centroamérica Cuenta —presidido por el Premio Cervantes Sergio Ramírez— recibió este año 257 relatos, más de un 65% que en la edición anterior. Dos terceras partes fueron enviados por mujeres latinoamericanas residentes en España.

Ceremonia de entrega del IV Premio de Relato Migrante UNAM–España / Centroamérica Cuenta, realizada el 19 de febrero en el Instituto Cervantes de Madrid.

La secretaria general del Instituto Cervantes, Carmen Noguero, abrió el acto recordando que la migración “no solo se cuenta en números, también se cuenta en historias”. El director del Centro de Estudios Mexicanos UNAM–España, Ciro Murayama, situó el premio en un contexto más amplio: más de un millón de latinoamericanos cotizan hoy a la seguridad social española y representan una parte significativa de los nuevos empleos generados en el país. Frente a discursos excluyentes, subrayó, este certamen reivindica la migración como trabajo, dignidad y riqueza cultural.

Libros que viajan, libros que se quedan

La ceremonia estuvo precedida por el diálogo “Otros territorios, otras lecturas. El viaje de las letras, los libros y sus autores y autoras”, una conversación sobre la circulación —o la falta de ella— de los libros en el mundo hispanohablante. Participaron el escritor David Toscana, la librera Vania Reséndiz y el distribuidor Alejandro Barahona, moderados por Claudia Neira, directora de Centroamérica Cuenta.

Se habló de aduanas y aranceles, de editoriales que deciden qué títulos “viajan” y cuáles se quedan, de centros y periferias, de traducciones domesticadas y de librerías de nicho que resisten desde los barrios. Toscana recordó que muchos libros latinoamericanos no cruzan el Atlántico por decisiones comerciales; Barahona explicó el riesgo económico que asumen los pequeños libreros que importan ejemplares casi a ciegas; Reséndiz defendió las librerías como espacios de mediación cultural capaces de ampliar el horizonte lector.

El telón de fondo era el mismo que el del premio: el movimiento. Los libros, como las personas, cruzan fronteras con mayor o menor fortuna. Algunos necesitan pasaporte; otros, maletas clandestinas. La literatura migrante, en cambio, ya ha encontrado su lugar: escribe desde la experiencia laboral, desde la sobrecualificación, desde la nostalgia y desde la dignidad.

“Que tengamos opinión, estilo y mirada”

El jurado —integrado por Javier Serena, Clara Obligado y Xavi Ayén— distinguió como finalista el relato 12 días de seda, de la salvadoreña Andrea Valeria Guzmán Castillo, residente en Barcelona.

Emocionada, la autora agradeció el espacio “para nuestra voz, mientras los gritos racistas aumentan y encuentran eco en quienes aceptan que limpiemos sus casas y cuidemos a sus abuelos, pero que nunca, nunca, aceptan que tengamos opinión, estilo y mirada”.

Dejó El Salvador hace cuatro años. “Tantas cosas tiernas y agrias han pasado desde entonces que estar aquí hoy es un privilegio”, afirmó. Agradeció a su madre, “por enseñarme a leer”, y a su abuela, “por enseñarme a narrar la vida”. Su intervención convirtió el escenario en algo más que un acto institucional: fue un gesto de afirmación pública.

El migrante vive en condicional

El galardón principal fue para Arquitectura condicional, del colombiano Jason Vargas Rendón, residente en Alicante. El relato adopta la voz de un trabajador de la construcción para pensar el desarraigo desde la metáfora arquitectónica y gramatical.

“El migrante vive en condicional”, dijo al recibir el premio. “No en pasado ni en futuro pleno, sino en esa forma verbal que dice habría sido, habría llegado, habría tenido”.

Formado en comunicación, trabaja en obras mientras escribe. “Mientras cargo sacos de cemento, gano premios literarios; mientras obedezco órdenes en una obra, escribo intentando hacer honor a la tradición”, explicó. La distancia entre el capital cultural y el trabajo manual —una realidad frecuente entre migrantes altamente cualificados— se transforma en literatura.

Habló de grietas que no son drama sino información, de muros que enseñan a leer lo invisible, de estructuras que se sostienen gracias a vigas ocultas. “Quizá lo más provechoso que podemos hacer con el desarraigo es aprender a construir desde él”, concluyó.

Una lengua en movimiento

El cierre estuvo a cargo de Sergio Ramírez, escritor nicaragüense, Premio Cervantes y presidente del festival Centroamérica Cuenta, quien celebró el crecimiento del premio y defendió la migración como corriente cultural decisiva. “No podemos ver a América Latina sino como una integridad diversa”, afirmó. Recordó que España es hoy un país transformado por la presencia latinoamericana y que esa transformación no es solo económica, sino también literaria y cultural.

En tiempos en que la migración suele reducirse a estadísticas o consignas, el IV Premio de Relato Migrante insiste en otra narrativa: la del trabajo como dignidad, la de la lengua compartida que se recrea en movimiento, la de la literatura como espacio donde el desarraigo deja de ser únicamente pérdida para convertirse también en posibilidad.

Si la vida migrante se conjuga en condicional, este premio apuesta por convertir ese tiempo verbal en futuro.