Segunda novela de Luisa Josefina Hernández, en La plaza de Puerto Santo elige un escenario abierto para contar la historia del lugar y las costumbres de las buenas familias.
Desde la fundación del pueblo, una característica de su héroe, don Fernando Ramírez y Arau, es el autoengaño. Este personaje, ninguneado en España y en la Nueva España, fue confinado a este triste sitio, que el mismo don Fernando consideraba que estaba “en el fin del mundo”.

Sus antepasados, tanto los Ramírez como los Arau, son “gente bien” que don Fernando mandó traer al pueblo, en cuya plaza está la estatua que él mismo mandó levantar y colocar en su plaza principal.
Después de un viaje por tierra de dos días y de otro viaje de ocho días, pero ahora por mar, cuando el barco ancló, después de costear el Golfo de México, él supo que éste era su destino.
En este pueblo en el que nada se mueve porque nada ha ocurrido en tres siglos, sólo que hay más gente, se percibe un ambiente festivo que se debe al narrador que le imprime a la historia un toque de ironía.
Sin embargo, inopinadamente surge un escándalo cuando algunos hombres de las buenas familias fueron sorprendidos espiando a las mujeres que se desvisten para dormir.
Cada noche, los hombres de buenas familias se reúnen en la plaza para desaburrirse charlando sobre cosas sin importancia. A las once de la noche, los vouyeristas se despiden para ir a descansar pero se desvían para observar a las damas. Al ser descubiertos se les castiga en una cárcel improvisada.
Después de que los hombres de buenas familias dejan de ir a la plaza, su lugar es ocupado por campesinos, pescadores y otros trabajadores. A partir del escándalo, nos enteramos de los pecados de cada personaje.
Aquí la novela despliega un auténtico mosaico de figuras: el doctor Camargo, intelectual frustrado; Hermelinda Peláez, rígida y atormentada; Teobaldo López, presidente municipal de origen humilde, y su esposa Florinda, que busca ascender socialmente; además de doña Cándida y Elenita, modelos de una moral femenina ambivalente. Cada uno encarna las tensiones de clase, género y poder en una comunidad que aparenta orden, pero está marcada por la hipocresía y el secreto.
La plaza funciona no solo como escenario central, sino como símbolo de control social, de vigilancia y de inmovilidad. Todo converge en ella: el poder masculino, el rumor de las familias, los rituales cotidianos. Hernández convierte este espacio en metáfora de una sociedad estática, que repite sus estructuras durante siglos.
El estilo narrativo merece mención: con ironía, sátira y un ritmo coral que recuerda al teatro —género en el que Hernández destacó—, la autora revela la mediocridad y la represión de un pueblo atrapado en su propio “honor”. La crítica social atraviesa toda la obra: la falsa respetabilidad de las “buenas familias”, la represión sexual, la resistencia al cambio y la corrupción política.
La Plaza de Puerto Santo se puede leer en su edición PDF en la página de La Novela Corta, una Biblioteca Virtual del Instituto de Investigaciones Filológicas.
