Explora unam global tv
Explora unam global tv
explorar
Explora por categoría
regresar

La Malhora, de Mariano Azuela

Dentro de la obra de Mariano Azuela, La Malhora ocupa un lugar especial. Escrita en 1923, esta novela corta narra la historia de Altagracia, una muchacha surgida de los bajos fondos urbanos, conocida por todos como “La Malhora”. Su vida aparece marcada desde el origen por la pobreza, el abandono, el alcohol, la violencia y una educación nacida entre los hábitos más duros de su barrio.

De acuerdo con el propio Azuela, Altagracia es una muchacha salida del arroyo, y su tragedia pertenece a esas vidas formadas bajo la pobreza más agobiante. Nació con la herencia de muchas fallas físicas y mentales, y maduró en un ambiente donde la delincuencia, el pulque, la miseria y la brutalidad eran parte de la vida diaria. Violada por Marcelo cuando todavía era muy joven, pierde el poco equilibrio que conserva y queda dominada por una obsesión: vengarse del hombre que causó su desgracia.

La novela no presenta a Altagracia como una simple criminal, sino como el resultado de un medio social enfermo. Azuela la mira con dureza, pero también con una compasión amarga. La Malhora es víctima y victimaria al mismo tiempo. En ella se cruzan la violencia recibida, el resentimiento, el alcohol, el deseo de redención y la imposibilidad de escapar de aquello que la formó.

El libro está dividido en cinco partes: “Bajo la onda fría”, “La reencarnación de Lenín”, “…Santo… Santo… Santo…”, “La Tapatía. Se pintan rótulos” y “La Malhora” . Esta estructura permite seguir las distintas estaciones de la vida de Altagracia. Primero aparece el mundo de la pulquería, del crimen y del fango. Después vienen la casa del médico, la religiosidad doméstica, el trabajo servil y, finalmente, el regreso inevitable a la violencia.

Uno de los mayores aciertos de Azuela está en mostrar que ninguna institución consigue salvar a la protagonista. La justicia la desprecia, la medicina la observa como caso, la religión intenta domesticarla y el trabajo sólo la mantiene en otra forma de sometimiento. Cada posible salida termina cerrándose. Por eso la tragedia de Altagracia no es individual únicamente, sino social. La Malhora encarna el fracaso de una sociedad que produce seres destruidos y luego los condena por estar destruidos.

El aprendizaje del vocabulario, los gestos y el modo de hablar de estos personajes lo obtuvo Azuela de su experiencia como estudiante de medicina frente al jardín de Santiago Tlatelolco y de su práctica médica. En 1922, como médico de la Beneficencia Pública en el consultorio 3, situado a espaldas de la Plaza de San Bartolomé de las Casas, en Tepito, pudo observar de cerca las angustias de sus pacientes y de esa experiencia obtuvo parte del material humano y social que alimenta La Malhora .

Sin embargo, la importancia de la novela no se limita a su origen testimonial. Azuela transforma esa observación médica y social en literatura. Su prosa es áspera, visual, llena de imágenes de frío, fango, sangre, pulque, cuerpos enfermos y calles degradadas. No embellece la miseria ni la convierte en asunto pintoresco. La muestra como una fuerza que deforma el cuerpo, la conciencia y el destino.

También destaca la figura de la Tapatía, personaje fundamental para comprender el mundo de la novela. Frente a Altagracia, que actúa movida por impulsos, heridas y obsesiones, la Tapatía representa una inteligencia práctica, calculadora y oportunista. Ambas pertenecen al mismo ambiente, pero responden de manera distinta a la violencia. Una se consume en la venganza; la otra convierte la miseria en estrategia.

La Malhora es una de las novelas más duras de Mariano Azuela. Su fuerza está en haber convertido una historia de los márgenes en una crítica profunda contra la pobreza, la hipocresía social, la falsa caridad, la soberbia médica y la indiferencia de la justicia. Altagracia no es sólo una mujer caída. Es el retrato de una sociedad que no supo ofrecerle otro destino.

Dentro de Novela Corta. Una Biblioteca Virtual, en la colección Novelas en Campo Abierto, el Instituto de Investigaciones Filológicas ofrece al lector una obra breve, intensa y necesaria, donde Azuela confirma su capacidad para mirar de frente las zonas más oscuras de la vida mexicana. La Malhora incomoda porque no permite contemplar la pobreza como paisaje, sino como herida abierta.