En la literatura infantil mexicana de mediados del siglo XX surgió una línea narrativa que buscó retratar la vida cotidiana del campo con sencillez y autenticidad. Jesusón, publicado originalmente por la Secretaría de Educación Pública en 1945 y recuperado ahora en una edición facsimilar por la UNAM dentro de la Biblioteca de Chapulín, forma parte de ese impulso: ofrecer historias cercanas a los niños, con personajes verosímiles y un trasfondo moral.

Jesusón Serrano es presentado desde las primeras páginas como un muchacho extraordinario: alto, fuerte, de gran corazón y dotado de múltiples habilidades manuales. Su fama en el pueblo —como muestran las primeras viñetas que acompañan el cuento— proviene tanto de su fuerza física como de su carácter generoso. No hay tarea que rehúya ni oficio que desconozca: agricultor, carpintero, herrero, albañil o remero, Jesusón encarna la figura del joven campesino cuya energía parece inagotable y cuya presencia, siempre solícita, lo vuelve pieza fundamental de la comunidad.
El ambiente rural está descrito a través de los dos ciclos que rigen la vida del valle: “las aguas” y “las secas”. En la temporada de secas, el calor vuelve insoportable el aire y los hombres descansan; en la de aguas, los caminos se inundan y los ríos crecen.
Esta división temporal no es solo un elemento ambiental, sino también un marco que orienta la conducta del protagonista: durante las lluvias rescata animales del lodo, ayuda a las balsas a cruzar el río o levanta un coche varado utilizando su propia fuerza como “gato”.
En la época seca, cuando el trabajo disminuye, los pueblos organizan ferias, bailes y juegos, y es allí donde el muchacho debe ingeniárselas para sortear trampas o evitar riñas sin perder la alegría que lo caracteriza.
Uno de los episodios centrales ocurre cuando Jesusón domestica a una ardilla, que se convierte en su compañera inseparable. El vínculo revela el aspecto más íntimo del protagonista: la mezcla de fortaleza y candor que define su personalidad.

Esa dualidad adquiere pleno sentido cuando sucede el incidente que marca la historia: en plena creciente del río, Jesusón escucha el grito de una niña arrastrada por la corriente. Sin dudarlo, se arroja al agua y la rescata, devolviéndole la vida en una escena que condensa su valentía y ternura.
La niña —Dioselina— queda maravillada ante la ardilla, símbolo de la bondad del joven, quien se la obsequia. Pero tras llevarla de vuelta con su familia, Jesusón desaparece del pueblo sin explicación. La noticia desata rumores entre los habitantes: algunos afirman que fue en busca de otra ardilla para regalar; otros, que partió tras la imagen de Dioselina, “blanca como la flor del ajonjolí”. La verdad, como en tantos relatos populares, queda suspendida en el territorio de la conjetura.
Las ilustraciones de Julio Prieto, realizadas en una paleta limitada de rojos y negros —como puede apreciarse en las escenas de trabajo, rescate y feria a lo largo del volumen— otorgan dinamismo al relato. Sus figuras firmes y de trazos contundentes complementan el tono costumbrista del cuento y acentúan el carácter afable del protagonista.
La nueva edición facsimilar recupera no solo un clásico infantil, sino también una pieza representativa del proyecto cultural posrevolucionario que buscó acercar la literatura a los lectores más jóvenes.
Para consultar la edición facsimilar completa, puede leerse el PDF aquí:
https://librosoa.unam.mx/handle/123456789/3897
