
En uno de los rincones más pobres y olvidados del país, donde los caminos de tierra se trepan por laderas casi verticales y los niños acuden descalzos a escuelas sin piso firme, un grupo de comunidades indígenas transforma su entorno con ayuda de la UNAM.
No lo hacen con discursos, sino sembrando árboles, restaurando traspatios, cuidando ríos, dialogando con la ciencia y defendiendo la vida.
Restauración con raíces profundas
Desde 2008, Eliane Ceccon, investigadora del Programa de Restauración Ecológica de Ecosistemas Degradados de la UNAM, colabora con la cooperativa Xuajín Mepa, en la región montañosa de Guerrero, para recuperar ecosistemas devastados por décadas de deforestación y marginación.
“Trabajo en restauración desde hace casi 40 años”, contó. “Y siempre insisto en que no es lo mismo reforestar que restaurar. La restauración busca recuperar lo que había, con especies nativas que estaban en relación con la fauna y el suelo del lugar.”
Restauración participativa, no impuesta
La montaña de Guerrero —una zona donde alrededor del 40% de la población, en su mayoría mujeres, no habla español— ha sido históricamente empujada al olvido. El modelo económico la marginó hacia tierras empinadas e improductivas.
A pesar de la complejidad del terreno, cultivan maíz en inclinaciones que obligan a los campesinos a colgarse de cuerdas para sembrar. Las zonas bajas de selva caducifolia han sido prácticamente arrasadas, y los bosques templados de las partes altas están fragmentados y degradados.
En este contexto, la restauración ecológica no puede hacerse de espaldas a las personas.
“No puedes llegar con un discurso ecológico a una comunidad donde la gente apenas tiene para comer”, dijo la investigadora. “Por eso combinamos árboles con cultivos, hacemos agroecología, escuchamos sus necesidades y diseñamos los proyectos junto con ellos.”
De la jamaica a la resiliencia
Un ejemplo claro fue el trabajo con la jamaica orgánica, principal fuente de ingresos de estas comunidades. Tras identificar que su productividad era muy baja, se realizaron experimentos científicos con enmiendas locales —restos vegetales, hojas, residuos de cosecha— y se logró cuadruplicar la producción sin costo adicional para los agricultores.
“A lo mejor no se van a volver ricos, pero sí pueden vivir mejor. Y eso también es restaurar.”
Gracias a este acompañamiento, la cooperativa obtuvo financiamiento para sus propios proyectos: restauraron más de 200 traspatios y zonas ribereñas, reforestaron con árboles frutales, plantas comestibles y especies nativas. También ganaron el segundo lugar en un concurso internacional con una propuesta elaborada por ellos mismos, apoyada en publicaciones científicas desarrolladas en colaboración con la UNAM.

La ley forestal, una deuda pendiente
La lucha por la restauración va más allá de los árboles. También pasa por exigir políticas públicas efectivas.
“En México tenemos una Ley Forestal, pero no se cumple”, lamentó la investigadora. “En Brasil, por ejemplo, hay leyes duras y un sistema digital que permite monitorear si se respetan las zonas de conservación. Allá, quien no cumple, no recibe apoyo del gobierno. Y eso genera mucha restauración.”
Aprender restaurando
Además de su impacto ambiental y económico, la restauración participativa tiene un poderoso valor educativo.
“Aprendemos haciendo”, dice la especialista. “Cuando la gente siembra, dialoga, reflexiona sobre el deterioro y propone soluciones, generamos un aprendizaje social profundo.”
En esa práctica colectiva se reconstruye no solo el ecosistema, sino también el vínculo con la naturaleza. La restauración deja de ser una actividad técnica y se convierte en una experiencia transformadora, capaz de cambiar paradigmas.
“Nuestra relación con el entorno es demasiado utilitarista. La restauración es una oportunidad para replantearla.”
Restaurar también el tejido social

“Yo digo que soy casi una predicadora”, bromea la investigadora. “Pero creo firmemente que cualquier manejo ambiental en América Latina tiene que incluir a las comunidades. No se puede restaurar si no se restaura también el tejido social.”
En la montaña de Guerrero, sembrar árboles se ha convertido en una forma de resistencia. Una manera de sostener la vida en comunidad, de defender el territorio y de soñar con un futuro más justo.
Allí donde el Estado no llega, florecen raíces profundas.
