Procesiones, peregrinaciones, cánticos y celebraciones religiosas no solo tienen un significado espiritual o cultural: también pueden influir en la forma en que las personas experimentan el bienestar y el sentido de pertenencia. Estas experiencias colectivas activan procesos biológicos y sociales que favorecen la conexión entre las personas.
Al participar en actividades compartidas, el cerebro puede liberar neurotransmisores asociados con el placer y la regulación emocional, lo que ayuda a explicar por qué los rituales comunitarios —religiosos o no— pueden generar sensaciones de alivio, identidad colectiva y acompañamiento.

En entrevista para UNAM Global, Gerardo Ortiz Moncada, académico de la Facultad de Psicología de la UNAM, explicó que los seres humanos son una especie profundamente social, cuya evolución ha estado marcada por la cooperación. Esta condición ha permitido que el trabajo compartido se convierta en un elemento clave para el bienestar común.
El cerebro humano está adaptado a esta lógica de colaboración. En el caso de los rituales, estas experiencias pueden favorecer la liberación de sustancias como la oxitocina y la dopamina, relacionadas con el bienestar, la motivación y la vinculación social.
“De manera concreta, cuando hacemos algo de forma colaborativa orientada al bienestar común, la experiencia puede resultar liberadora, porque el cerebro funciona de manera más integrada”, señaló.
En los rituales religiosos, el impacto también depende de su dinámica. Por ejemplo, cuando se trata de rituales silenciosos, como un velorio, la experiencia puede ser emocionalmente demandante. En cambio, en celebraciones donde las personas participan activamente —bailan, conversan o escuchan música— la vivencia suele percibirse de manera distinta.
A ello se suma la actividad que se realiza y el significado que las personas atribuyen a la peregrinación, al ritual o a la festividad. Por ello, la experiencia puede variar según la práctica religiosa e incluso entre distintas comunidades.
Eventos con cánticos
En eventos donde hay cánticos colectivos —como conciertos, partidos de fútbol o manifestaciones— puede generarse una sincronización social que favorece la cohesión del grupo. Este fenómeno se asocia con la activación de sistemas neurobiológicos vinculados al placer, la afiliación y la regulación emocional.
Estos procesos no dependen de un solo neurotransmisor, sino de la interacción entre varios sistemas, incluidos los relacionados con la dopamina, la oxitocina y la serotonina.
Cuando las personas cantan o se mueven al mismo ritmo, se genera una sensación de conexión con un posible origen evolutivo.
“Somos una especie que, a diferencia de otros animales, tarda más tiempo en independizarse del grupo. Esa dependencia prolongada refuerza la importancia del vínculo social y del trabajo colaborativo como forma de organización”, explicó.
Sin embargo, también existe un componente de interpretación. Las personas otorgan significado a los rituales y experiencias colectivas.
“Si asumimos que un ritual nos permitirá estar en un mejor estado emocional, esa expectativa puede influir en cómo lo experimentamos”, comentó.
Esto también puede observarse en las preferencias culturales, como ocurre con la música. Algo similar sucede con las procesiones religiosas: algunas son silenciosas y otras altamente dinámicas, con marchas, rezos, cantos y expresiones corporales.
¿El sentido de pertenencia es importante para la salud mental?
La tranquilidad y la salud mental no necesariamente se encuentran en el aislamiento, sino en distintos niveles de vinculación social, comenzando por el “yo” inmediato.
Durante etapas como la adolescencia, las personas suelen adoptar símbolos o estilos para identificarse con un grupo. A través de estos gestos se construye un sentido de pertenencia.
De esta manera, la salud mental también se fortalece mediante la interacción con los demás. “Este sentido de pertenencia se construye en la conformación de un ‘nosotros’”, explicó.
Lo relevante es reconocer que las acciones individuales tienen impacto en los demás y viceversa.
“Lo que los otros hacen conmigo modifica buena parte de mis vivencias. Es ahí donde consolidamos nuestra identidad y donde se fortalece una dimensión importante de la personalidad: la capacidad de actuar en conjunto, pertenecer a un grupo y participar en actividades que pueden resultar significativas”, añadió.
Las experiencias colectivas, la depresión y la ansiedad
“Hacer cosas en conjunto puede ayudar a liberar tensión”, señaló el especialista. Las prácticas sociales pueden contribuir a disminuir síntomas de depresión o ansiedad, aunque no sustituyen la atención profesional.
La depresión es una condición compleja que debe ser atendida por especialistas, particularmente desde la psiquiatría y la psicología clínica.
Diversos estudios también han señalado que la vida sedentaria puede resultar abrumadora para el organismo. El cuerpo requiere espacios de actividad y expresión que permitan canalizar la tensión acumulada.
La soledad
Los rituales religiosos pueden influir en la forma en que las personas perciben la soledad, aunque este sentimiento no es uniforme. De acuerdo con especialistas, existen al menos dos tipos: la soledad buscada y la soledad forzada. La primera ocurre cuando una persona decide voluntariamente estar sola —por ejemplo, al elegir no formar una familia o tomar tiempo para sí misma—, mientras que la segunda surge a partir de circunstancias adversas, como una pérdida, una separación o situaciones de vida difíciles.
Ante estas experiencias, muchas personas recurren al pensamiento mágico-religioso como una forma de encontrar explicación o consuelo frente a aquello que no pueden comprender del todo. En este sentido, los espacios y rituales religiosos pueden ofrecer tranquilidad y una sensación de acompañamiento, lo que para algunas personas se traduce en una forma de aliviar tensiones emocionales o enfrentar momentos de soledad.
Sin embargo, los especialistas advierten que la participación en comunidades religiosas no garantiza por sí misma el desarrollo de resiliencia. Aunque para algunas personas la fe puede ser un apoyo emocional importante, la resiliencia suele construirse a partir de diversos factores sociales y personales, como las redes de apoyo, las oportunidades de movilidad social y las estrategias individuales para afrontar las dificultades.
Más que atribuir poderes sanadores a los rituales, los expertos señalan que su impacto positivo suele relacionarse con el sentido de pertenencia y la experiencia colectiva que generan. Al igual que ocurre en conciertos, manifestaciones o eventos culturales, compartir una experiencia con otras personas puede fortalecer la sensación de comunidad y bienestar, al permitir que los individuos encuentren significado en lo que viven y en los vínculos que establecen con los demás.
