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Entre liposomas y fronteras: una estancia que no estaba en el plan, pero sí en el camino

Desde el inicio de mi formación universitaria, la movilidad internacional no fue una aspiración secundaria, sino un eje rector de mi proyecto académico. Desafortunadamente, la pandemia por COVID-19 modificó mi intención de cursar un semestre en el extranjero y terminé concluyendo mis créditos de manera regular. No obstante, fue durante el retorno gradual a las aulas, en un semestre híbrido marcado por la transición y la resiliencia, cuando asistí a una sesión informativa sobre los programas de movilidad gestionados por UNAM-Tucson. Aquel espacio no solo reavivó una esperanza que creía extinguida, sino que delineó con claridad una ruta alternativa: titularme mediante una estancia de investigación en la Universidad de Arizona. Sin titubeos, decidí postularme al Programa de Impulso a la Titulación por Actividades Académicas en el Extranjero y, afortunadamente, fui seleccionada para el periodo Otoño-Invierno 2024–2025.

Mi tiempo en Tucson transcurrió principalmente en el College of Engineering, donde desarrollé mi trabajo de titulación en un entorno de investigación especializado. Mi proyecto se centró en la síntesis y aplicación de nanopartículas para la liberación de fármacos, una línea de investigación vinculada con la innovación biomédica. Durante mi estancia, adquirí competencias en la fabricación de diversos nanomateriales —desde nanopartículas magnéticas y niosomas hasta puntos cuánticos—, aunque el enfoque de mi trabajo se dirigió a los liposomas, el estándar de oro en aplicaciones médicas. Me incorporé a un equipo de investigación internacional y colaboré con estudiantes de distintos niveles académicos en un entorno que exigía excelencia técnica y apertura intercultural.

Más allá del rigor científico, la Universidad de Arizona me ofreció una experiencia integral en términos académicos y culturales. Asistí a presentaciones como el TEDxUofA Desert Genius, un espacio centrado en ideas creativas y narrativas personales, y al International Talent Show, una muestra de expresión artística y diversidad estudiantil. También participé en el Women in STEM Program 2024, junto con estudiantes de Ciudad de México, Sonora y Chihuahua, en una agenda intensiva que incluyó sesiones de networking, conferencias, presentaciones académicas y recorridos por instalaciones emblemáticas como Biosphere 2, el Richard F. Caris Mirror Laboratory y el Laboratory of Tree-Ring Research. Además, presencié el Homecoming y el Commencement, celebraciones que condensan la identidad institucional de la vida universitaria estadounidense.

Paralelamente, decidí ampliar mi experiencia fuera del entorno académico colaborando en el Departamento de Protección del Consulado de México en Tucson, donde me adentré en el complejo universo de la migración transfronteriza. Este espacio, profundamente humano y políticamente relevante, me permitió comprender de manera vivencial las dinámicas que configuran la vida en la frontera. Tucson, con su atmósfera vibrante y su identidad binacional, se convirtió en el escenario idóneo para este acercamiento. Presencié entrevistas de asistencia consular, revisé expedientes de protección internacional y examiné protocolos de atención a personas en situación de vulnerabilidad. Fue también una experiencia de escucha activa que me reveló narrativas de resistencia que no aparecen en los libros, donde cada caso exigía sensibilidad y respeto por la dignidad humana.

Entre archivos, protocolos y fronteras, el viaje se transformó. No solo cumplió mis expectativas: las desbordó. Conocí a personas generosas que me acogieron y me guiaron por rincones emblemáticos como el Amerind Museum, la misión de San Xavier del Bac, Sabino Canyon, Mount Lemmon y otros espacios que revelan las huellas coloniales, la persistencia indígena y los bordes vivos que definen el suroeste estadounidense. Asistí a eventos culturales de gran relevancia —como el 33º Arizona Film Festival, la Grand Nowruz Celebration y el Tucson Festival of Books— que expandieron mi visión del mundo y agudizaron mi sensibilidad intercultural. También recorrí diversos puntos del país, cada uno con su propio pulso. En Arizona, me adentré en la historia minera de Bisbee, la teatralidad fronteriza de Tombstone, el dinamismo urbano de Phoenix y Tempe, y la inmensidad del Gran Cañón. Fuera del estado, exploré ciudades como Nueva York, Chicago, Boston y Washington, D. C., donde cada recorrido fue una inmersión distinta: desde la imponencia arquitectónica hasta las huellas vivas de sus narrativas políticas y culturales.

Tras ocho meses en Tucson, regresé a México y en junio de 2025 obtuve el título de Física Biomédica con mención honorífica por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Agradezco a quienes me acompañaron en ese trayecto, en especial a UNAM-Tucson, a la Dra. Catalina Stern y al Dr. Arnoldo Bautista, cuya calidez y atención hacen que Tucson no sea solo una escala en el camino, sino un lugar que redirige el paso con intención. Hoy, con esa formación a cuestas y la mirada puesta en lo que sigue, me preparo para continuar este recorrido en la ciencia: un posgrado, una carrera profesional y un horizonte que se expande más allá de las fronteras.