La orografía de México es muy accidentada, con altas cadenas montañosas y profundas barrancas, lo que hacía que los caminos fueran peligrosos para los viajeros del siglo XIX, no sólo por su aspereza, sino por los continuos asaltos. Sin embargo, eso no impidió que la gente viajara con frecuencia; aunque los costos, las incomodidades y los riesgos de un largo trayecto se evitaban en lo posible, en los caminos de nuestro país no faltaron las diligencias.

Las narraciones de viajes fueron comunes en ese siglo, y los textos que las recogieron abundaban en imágenes costumbristas llenas de color, así como en la descripción de regiones desconocidas para sus lectores. Estas estampas convivieron con las primeras crónicas ferroviarias: el inicio de los ferrocarriles en México, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, promovió viajes más largos y frecuentes, pues eran más seguros y cómodos. Pero, como ocurre con otros medios de transporte cuando la tecnología los alcanza, las diligencias se resistieron a desaparecer. Durante algún tiempo, los viajeros siguieron utilizándolas, como lo muestra esta breve novela de 1887 de José López Portillo y Rojas, titulada precisamente En diligencia, que es un recuento de las peripecias del viajero antes de la llegada definitiva del tren.
La obra dialoga con las crónicas de viaje de Ignacio Manuel Altamirano y con la narrativa costumbrista de la época, donde el trayecto funciona como pretexto para retratar tipos sociales, escenas vivaces y situaciones que mezclan peligro, humor e ironía. Una vez dentro del carruaje, los viajeros se conocen, inician amistades y romances, y aunque el viaje es molesto e incómodo por los saltos causados por las irregularidades del camino, la convivencia lo vuelve soportable… hasta que aparecen los asaltantes.
En En diligencia, un asalto sirve de pretexto para que López Portillo y Rojas describa cómo los pasajeros intentan evitar que los despojen de sus objetos más personales. Muchas veces, inútilmente. El tono del narrador —mezcla de ironía, exageración humorística y observación minuciosa— convierte estas escenas en episodios casi teatrales donde la tensión convive con la risa. La novela no sólo incluye el despojo de los viajeros, sino también la volcadura del carruaje, que acentúa el dramatismo del trayecto y ofrece nuevas oportunidades para el retrato de caracteres.
En estas circunstancias destaca el personaje de Elisa, una pasajera que llegó cuando el carruaje ya había iniciado su marcha. Representa un tipo femenino poco habitual en la narrativa mexicana del XIX: instruida, decidida y capaz de intervenir con firmeza en un contexto dominado por hombres. Durante el asalto se interpone entre un ladrón y un pasajero —el narrador, con quien ha iniciado una amistad cercana— para evitar que le dispare. Su valentía, su cultura y la fuerza de su carácter la convierten en el centro simbólico y emocional del relato.
El narrador, por su parte, construye desde su mirada el tono de la novela: orgulloso, impresionable y propenso a la exageración humorística, observa y participa en la escena mientras revela, sin proponérselo, su vulnerabilidad frente al temple de Elisa. La interacción entre ambos produce un contrapunto que sostiene buena parte del encanto del relato.
La escena final entre estos dos personajes es inesperada no sólo para una novela del siglo XIX, sino para cualquier historia, pues introduce un giro sentimental que contrasta con la violencia y el caos del viaje, y que desarma las expectativas del lector contemporáneo sobre el desenlace de un relato de asaltos.
En 2018, el Instituto de Investigaciones Filológicas publicó la primera edición digital de En diligencia dentro de la colección Novelas en Tránsito, de La Novela Corta. Una Biblioteca Virtual, recuperando así una obra que, a más de un siglo de distancia, sigue ofreciendo una lectura ágil, amena y reveladora sobre la vida en los caminos mexicanos y sobre la imaginación narrativa del siglo XIX.
