Uno de los grandes desafíos de la ciencia moderna es la comprensión del desarrollo cerebral. Durante mucho tiempo se pensó que el cerebro alcanzaba un punto de madurez estable poco después de la adolescencia; sin embargo, un análisis realizado por la Universidad de Cambridge y publicado en la revista Nature Communications propone que el cerebro humano no se desarrolla de manera lineal. Por el contrario, su organización funcional muestra transiciones a lo largo de la vida, con puntos de inflexión significativos que ocurren aproximadamente a los 9, 32, 66 y 83 años.

De acuerdo con los investigadores, estas cinco etapas representan un modelo que refleja cambios estructurales y funcionales en la conectividad neuronal. Desde la niñez hasta la vejez, la organización de las redes cerebrales se transforma de forma constante para adaptarse a las demandas cognitivas, emocionales y sociales propias de cada momento de la vida.
Esta clasificación no solo aporta una nueva cronología del desarrollo cerebral, sino que también ofrece una base para comprender por qué ciertas capacidades, vulnerabilidades y trastornos mentales pueden presentarse con mayor frecuencia en etapas específicas. Con el fin de profundizar en los hallazgos del estudio realizado por la Universidad de Cambridge, UNAM Global entrevistó a la investigadora emérita del Instituto de Fisiología Celular (IFC) de la UNAM, la Dra. Herminia Pasantes Morales Ordóñez, quien aportó un marco neurobiológico que permite contextualizar estos cambios.
¿Cómo inicia el desarrollo del cerebro humano?
El desarrollo del cerebro es un proceso complejo y continuo que inicia desde etapas muy tempranas de la vida y se extiende hasta la juventud temprana. Desde el punto de vista neurobiológico, puede entenderse como una serie de reorganizaciones progresivas en las que el cerebro se estructura, se adapta y madura, dando lugar a transformaciones profundas en la conducta, la cognición y la vida emocional del individuo.
Morales Ordóñez explicó que el cerebro comienza a formarse durante el desarrollo prenatal, cuando se originan estructuras fundamentales como la cresta y el tubo neurales. A partir de estas estructuras iniciales se desarrollan el encéfalo, la médula espinal y las distintas regiones cerebrales.
No obstante, más allá de la formación anatómica, uno de los aspectos más relevantes de esta etapa es el establecimiento de conexiones entre las neuronas. Estas conexiones, conocidas como sinapsis, permiten la comunicación neuronal y constituyen la base de las funciones mentales y conductuales.
“Durante este proceso, las neuronas migran hacia su destino final, se diferencian y establecen conexiones específicas. Paralelamente ocurre la mielinización, un proceso mediante el cual los axones neuronales se recubren de mielina, una sustancia que actúa como aislante eléctrico y permite una transmisión rápida y eficiente de los impulsos nerviosos. Las conexiones que no se consolidan o que no se utilizan tienden a desaparecer, lo que optimiza el funcionamiento del cerebro”, comentó.
Y agregó: “al momento del nacimiento, puede decirse que el cerebro ya cuenta con una organización básica de conexiones que define en parte las capacidades iniciales del individuo”.
Con base en lo anterior, puede afirmarse que, aunque todos los seres humanos compartimos una organización general similar, cada cerebro es único, ya que las conexiones neuronales se establecen de manera ligeramente distinta en cada persona, lo que convierte a este órgano en una especie de huella individual.

Primera etapa del desarrollo cerebral: infancia
Durante la infancia, el cerebro entra en un periodo de enorme plasticidad. De manera progresiva, los circuitos neuronales se afinan, lo que permite que el niño vea, escuche, sienta y perciba el mundo con mayor claridad. En constante interacción con su entorno, aprende a caminar, a comunicarse mediante el lenguaje —incluso en más de un idioma— y a desarrollar su vida emocional. Por ello, la infancia representa una de las fases más dinámicas y decisivas del desarrollo cerebral.
“Esta etapa es crucial porque durante este proceso pueden surgir alteraciones en el neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista, que se origina durante la etapa prenatal y se manifiesta en la infancia. Aunque no existe una farmacoterapia curativa, la intervención psicológica temprana aprovecha la neuroplasticidad infantil para mejorar el funcionamiento cerebral y la adaptación social”, declaró la investigadora del IFC.
De acuerdo con el trabajo de los científicos de la Universidad de Cambridge, esta primera etapa se extiende aproximadamente hasta los nueve años.
Segunda etapa: reorganización y ajuste fino
En la adolescencia —que para el análisis antes citado abarca desde los 9 hasta los 32 años, sin que ello implique que el cerebro sea adolescente durante todo ese periodo—, este órgano entra en una fase de profunda reorganización.
La Dra. Herminia Pasantes explicó que en este periodo ocurre la llamada poda neuronal, un proceso mediante el cual el cerebro elimina conexiones poco utilizadas mientras fortalece aquellas que resultan funcionales. Este mecanismo contribuye a un desarrollo más eficiente y especializado, aunque no ocurre de manera uniforme en todas las áreas cerebrales.
“Durante esta etapa, las regiones relacionadas con las emociones se encuentran altamente activas, mientras que la corteza prefrontal —encargada del razonamiento, la toma de decisiones, el control de impulsos y la percepción del riesgo— aún no ha madurado por completo. Este desbalance ayuda a explicar muchas de las conductas características de los adolescentes, como la impulsividad o la búsqueda de sensaciones intensas”, señaló.
Como consecuencia de esta reorganización, en esta etapa también pueden manifestarse trastornos que se han relacionado con alteraciones en procesos de poda neuronal, como la esquizofrenia. Asimismo, pueden presentarse alteraciones emocionales como la depresión y la ansiedad, que afectan la motivación, el bienestar emocional y la calidad de vida, así como el estrés, asociado con niveles elevados de cortisol, una hormona que en exceso puede afectar el equilibrio del organismo.
Por ello, ante estos trastornos resulta fundamental el establecimiento de relaciones cercanas y redes de apoyo social, ya que favorecen procesos neurobiológicos asociados al bienestar emocional, entre ellos la liberación de oxitocina en contextos sociales positivos.
“Por ejemplo, la marihuana se asemeja a los endocannabinoides, sustancias que el propio cerebro produce de manera natural. Estos compuestos cumplen un papel importante en la maduración del cerebro durante la adolescencia, una etapa en la que el sistema nervioso aún está en desarrollo. El consumo frecuente puede interferir con ese proceso, sobre todo cuando inicia a edades tempranas”, detalló Morales Ordóñez.
Tercera etapa: madurez funcional
Esta etapa, que abarca aproximadamente de los 32 a los 66 años, corresponde a un periodo en el que el cerebro ha alcanzado una relativa madurez estructural y funcional. Representa una fase de estabilidad en la que muchas personas consolidan habilidades cognitivas, experiencia y control emocional, lo que permite enfrentar tareas complejas, aprender y tomar decisiones con mayor equilibrio.
En la adultez no existe un “cerebro definitivo”, pero sí un momento en el que distintas funciones alcanzan niveles de eficiencia que pueden aprovecharse para la vida personal y profesional.

Cuarta etapa: envejecimiento cerebral
A partir de los 66 años llega la vejez, una fase inevitable del ciclo vital del cerebro que suele estar rodeada de mitos y malentendidos. La investigadora del IFC aclaró que, contrario a lo que se cree comúnmente, en la vejez no mueren masivamente las neuronas. Lo que ocurre es una disminución progresiva en la conectividad neuronal: las conexiones funcionan con menor eficiencia, la mielina se regenera con menor eficacia y algunos neurotransmisores se producen en menor cantidad. Como resultado, las redes neuronales pierden eficiencia y la neuroplasticidad disminuye.
De igual manera, el número de espinas dendríticas disminuye, lo que puede limitar la capacidad de aprender nuevas habilidades con la misma facilidad que en etapas tempranas de la vida.
El envejecimiento cerebral no ocurre de la misma manera en todas las personas. Hay adultos mayores que mantienen una actividad mental elevada y otros que experimentan un deterioro más marcado. Ante esta realidad, se recomienda aceptar la vejez como parte natural de la vida, procurar conservar la independencia, mantener el cerebro activo y favorecer hábitos que contribuyan a una adecuada salud cerebral.
Otro factor especialmente dañino para el cerebro en la vejez es la soledad. La falta de interacción social y de estímulos emocionales puede afectar la salud mental del adulto mayor. Estar rodeado de amigos, familiares o personas en situaciones similares resulta fundamental para conservar el bienestar psicológico.
“Finalmente, en la vejez aparecen enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y el Alzheimer. En ambos casos se conocen muchos de los procesos que ocurren en el cerebro, aunque aún no se comprenden por completo sus causas. Se espera que con el tiempo se desarrollen tratamientos más eficaces para prevenir, retrasar o incluso curar estas enfermedades”, añadió.
Quinta etapa
Aunque los datos sobre esta fase que inicia alrededor de los 83 años son todavía limitados, el análisis elaborado por los científicos de la Universidad de Cambridge sugiere que algunas zonas concretas, como regiones occipitales y parietales, pueden asumir una mayor carga del esfuerzo cognitivo mientras la conectividad global continúa reduciéndose. No obstante, los autores subrayan que estos hallazgos deben interpretarse con cautela y que aún es necesario recopilar más datos para determinar si se trata de una tendencia general.
Comprender el cerebro para comprender la vida
El desarrollo del cerebro humano es un proceso dinámico que atraviesa múltiples fases. Comprender estos procesos permite no solo explicar las diferencias individuales y las conductas características de cada momento de la vida, sino también reconocer la importancia de la detección temprana y del acompañamiento adecuado frente a los trastornos del neurodesarrollo y de la salud mental. Por eso, estudiar estas etapas del cerebro ofrece una estructura conceptual más precisa para analizar cómo interactúan los procesos biológicos y ambientales en la formación del comportamiento humano.
