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Cristina Rivera Garza: nombrar la impunidad para romper el silencio

Dentro de la Cátedra Nelson Mandela, que cumple diez años, la escritora, ensayista y poeta Cristina Rivera Garza nos brindó su Conferencia Magistral Cuando la mano feroz de la impunidad te roza la piel en una abarrotada Sala Miguel Covarrubias, del Centro Cultural Universitario.

De acuerdo con Rosa Beltrán, Coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM, buena parte de los asistentes llegó desde las nueve de la mañana, aunque la conferencia comenzaría hasta las cinco de la tarde.

Aunque la mayoría de los asistentes eran mujeres de distintas edades, también llegaron bastantes hombres deseosos de escuchar a esta mujer que desde hace más de tres décadas años ha luchado para que se haga justicia a su hermana menor, Liliana Rivera Garza, quien en la madrugada del 16 de julio de 1990.

Aquella noche, recordó Cristina, Liliana se encontraba en su cuarto de estudiante, en Azcapotzalco, cuando fue sorprendida por un exnovio a quien insistía en dejar atrás. El presunto feminicida, Ángel González Ramos, se dio a la fuga y hasta el día de hoy permanece fuera del alcance de la ley, en palabras de la autora, en ese limbo retorcido donde perviven los crímenes sin castigo, a lo que llamamos impunidad”.

Durante casi una hora escuchamos la voz de Cristina, aparentemente serena, aunque por momentos se adivinaba el dolor, mientras relataba cómo tuvieron que pasar casi treinta años para poner en palabras lo vivido desde aquel día e iniciar, a finales de 2019, la búsqueda del expediente judicial de su hermana entre la indiferencia burocrática donde suele esconderse la impunidad.

“Más que estar lista para enfrentar el crimen de mi hermana, puesto que uno nunca está listo para algo así, me encontraba al final de la soga, colgando apenas de sus hilos deshechos, viendo hacia el abismo. Esa soga era la vida, la impunidad, el abismo”.

Con la guía de un abogado intentó ubicar el expediente judicial de su hermana, pero no sabía que tendría que transitar por los laberintos de la burocracia policiaca y hacer todo lo que se hace en esos casos: “Redactar peticiones, presentarlas ante las autoridades, regresar por información, esperar. Sobre todo eso, esperar”.  

Recuerda que se encontró con muchas otras mujeres en los pasillos de las instituciones, donde la injusticia se mueve con una lentitud que poco tiene que ver con la resistencia al sistema; frente a los burócratas que las observan con desgano y lástima; en las protestas que poco a poco hacen eco de un lenguaje en el que por fin se pueden mencionar; o en la búsqueda de información, de pruebas, de restos. “Ahí nos encontramos”. 

De esta manera, explicó, el daño deja de ser un error individual, la vergüenza que solo el silencio interior puede encubrir y se convierte en una condición que al compartirse las vincula en un abrazo con el que le dan la espalda tanto al Estado como a la indolencia civil.

Como buena profesora, utilizó imágenes para describirnos a la impunidad.

“La impunidad por principio de cuentas trastoca el principio de realidad, y una vez que su mano feroz te roza la piel o se mete en tus entrañas le quita el velo de normalidad a la vida de todos los días”.  

Nunca se imaginó que después de la publicación de El invencible verano de Liliana muchos hombres y mujeres se dejarían envolver por el abrazo de Liliana y que lo convertirían en una exigencia propia de justicia.

Tampoco imaginó que al invocarla haciendo espacio para que se instalara junto a sus muertos compartidos se desmontarían una a una las piezas de ese muro que es el olvido y el silencio forzado.

“No imaginé que también nosotras, mi hermana y yo, mi hermana y mi familia, mi hermana y los seres que la quisimos y la queremos, merecíamos esta memoria fructífera y generosa que construimos día a día con nuestro lenguaje y nuestros cuerpos”. 

Familiares y amigos protegieron al asesino

Cuando investigadores del Distrito Federal llegaron a la casa del asesino en Toluca, Estado de México, éste huyó por los techos de las casas vecinas, y después de esconderse en algunos pueblos cercanos, la madre del feminicida y una de sus hermanas lo acompañaron en su huida a Estados Unidos. Compartiendo un departamento en Los Ángeles, California, con ellas reinició su vida.

Uno se pregunta cuál es la responsabilidad de esas dos mujeres en que no se haya apresado y llevado a la justicia al hombre impune, como lo llama la autora en El invencible verano de Liliana; y también la de los otros miembros de esa familia y sus amigos en algunas poblaciones del Estado de México y cómo explican o justifican la protección que le dieron.

Cristina recordó que insistió en que el rostro de su hermana apareciera en la portada de la edición mexicana de El invencible verano de Liliana porque quería interrumpir el privilegio que el Estado y la indolencia civil les ofrece a los asesinos impunes.

Después de que se publicó el libro llegaron testimonios, algunos aterradores, a una cuenta que abrió de correo electrónico sólo para recibir noticias del feminicida. De esta manera se enteró que otras jóvenes habían logrado sobrevivir a su violencia, y cuando habló con algunos amigos cercanos con los que al asesino estuvo departiendo antes de ir a buscar a Liliana, por ellos se enteró que lo conocían como El Chacal debido a su comportamiento.

Tía Liliana

Atentos, interesados en las palabras de la escritora, con la vista fija en el atril en el que leía su texto, los asistentes a la conferencia escuchaban las inflexiones de su voz y el énfasis que ponía al recordar ciertos momentos. Como cuando narró la escena en la que Matías, su hijo, se refiere por primera vez a Liliana como su tía.

Durante mucho tiempo, explicó Cristina, seguramente su hijo Matías escuchaba relatos a medio decir a puertas cerradas, pero nunca había hecho preguntas. Frente al temor de que esa energía lo alcanzara, durante una caminata habló con él. De regreso a su casa, Matías se refirió a ella como su tía. Su tía Liliana.

Después de esa escena, en la que su voz estuvo a punto de quebrarse, el respetuoso silencio de la audiencia se hizo más intenso.

Aunque en años recientes muchas cosas han cambiado en la Ciudad de México y en el país, la percepción es que la violencia en general sigue siendo muy grave, pero más grave aún es la violencia contra las mujeres. Si bien se ha logrado detener a algunos feminicidas, todavía falta mucho por hacer, en especial proteger a las mujeres mexicanas y castigar a sus agresores.

“La violencia contra las mujeres en la Ciudad de México y en el mundo entero, la verdad, continúan siendo alarmantes”, nos recuerda Cristina Rivera Garza.

“Ojalá que pronto, tal vez en una ocasión parecida a esta, pueda compartirles que Liliana, a pesar de la voluntad del feminicida, a pesar del silenciamiento patriarcal del Estado, a pesar de la indiferencia civil, a pesar de la complicidad de familiares y amigos del perpetrador, se ha convertido por fin en lo que iba a ser”, finalizó su conferencia magistral Cristina Rivera Garza.

Esperemos que no haya necesidad de otro libro como El invencible verano de Liliana.

Si se perdieron la oportunidad de asistir a la conferencia, pueden verla completa en: