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La ciencia de la compasión: proceso psicológico, social y neurobiológico

La compasión es un fenómeno complejo estudiado por la psicología y las neurociencias debido a su papel en las relaciones humanas y en la respuesta frente al sufrimiento ajeno. Comprender cómo surge, cómo se desarrolla y cómo influye en la conducta permite explicar mejor, los procesos como la empatía, la cognición social y las conductas de ayuda.

¿Qué es la compasión?

Desde el punto de vista psicológico, la compasión forma parte de las llamadas emociones complejas o emociones morales, explicó la Dra. Maura Jazmín Ramírez Flores, profesora de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM, durante la conferencia ¿Cómo reacciona nuestro cerebro cuando somos?, perteneciente al 10° Ciclo de conferencias de UNAMirada desde la Psicología.

Estas emociones no solo implican una reacción inmediata, sino también procesos cognitivos, reflexivos y sociales que permiten interpretar situaciones y responder de manera consciente. A diferencia de las emociones básicas, como el miedo o la alegría, las emociones complejas requieren razonamiento, interpretación del contexto y valoración moral de lo que ocurre.

En este sentido, la compasión se relaciona estrechamente con la cognición social, es decir, con la capacidad de comprender a otras personas, interpretar sus estados emocionales y responder de manera adecuada en contextos de interacción humana.

Diferencia entre empatía y compasión

Es por eso, que suele existir confusión entre empatía y compasión, ya que en ocasiones se utilizan como sinónimos, aunque en realidad representan procesos distintos.

La empatía puede definirse como la capacidad de conectarse emocionalmente con los sentimientos de otra persona, sean estos positivos o negativos. Cuando una persona es empática, puede percibir el estado emocional del otro y resonar con él, aunque mantiene la diferenciación entre el “yo” y el “otro”. Es decir, reconoce que las emociones pertenecen a la otra persona y no a sí misma.

La empatía puede manifestarse en distintos niveles. Uno de ellos es el contagio emocional, una forma automática e inconsciente en la que una persona replica emociones ajenas sin comprender necesariamente su causa. Un ejemplo cotidiano ocurre cuando alguien entra a un grupo que está riendo y comienza a reír también sin saber por qué.

Otro nivel es la empatía emocional, en la que la persona no solo observa la emoción del otro, sino que la experimenta de forma compartida. Por ejemplo, alguien cercano que está triste puede generar tristeza en quien lo acompaña, incluso sin conocer completamente la causa.

El tercer nivel corresponde a la empatía cognitiva, en la que intervienen procesos de interpretación y razonamiento. Aquí, la persona comprende la situación del otro a partir de información contextual o experiencias previas, por ejemplo, al saber que alguien perdió a un ser querido.

Estos niveles permiten entender cómo la empatía constituye una base fundamental para la compasión, aunque no son equivalentes.

De la empatía a la compasión

A partir de estos niveles surge la compasión, que constituye un proceso más amplio. No solo implica comprender o compartir el sufrimiento de otra persona, sino también la intención y la acción de aliviarlo. Por ello, se considera una conducta prosocial que promueve la ayuda, la cooperación y el cuidado hacia los demás, dijo la maestra de la FP.

Cuando una persona actúa con compasión, no solo reconoce el dolor ajeno, sino que también siente preocupación genuina y busca intervenir para disminuirlo. Por ejemplo, ante una persona herida en la calle, la empatía puede generar tristeza o preocupación, pero la compasión impulsa a acercarse y brindar ayuda.

Además, la compasión requiere regulación emocional. Aunque implica compartir parcialmente el sufrimiento del otro, es necesario mantener ciertos límites para evitar una sobreimplicación emocional que genere desgaste psicológico. Cuando estos límites se pierden, puede aparecer la llamada fatiga por compasión, frecuente en profesionales de la salud o cuidadores.

Origen y desarrollo de la compasión

Existen distintas teorías sobre el origen de la compasión. Algunas proponen que es un afecto primario e innato en el ser humano. Otras la consideran un rasgo de personalidad con base biológica. Sin embargo, una de las perspectivas más aceptadas la entiende como una emoción compleja y moral que integra factores biológicos, cognitivos, sociales y culturales.

Desde esta perspectiva, Ramírez Flores comentó que la compasión no depende únicamente de lo innato, sino también del aprendizaje, la cultura, la educación, la religión y las experiencias de vida. En consecuencia, es una capacidad que puede desarrollarse y fortalecerse con el tiempo.

Su desarrollo comienza en los primeros años de vida. Desde aproximadamente los seis meses, los bebés pueden presentar contagio emocional y mímica facial. Posteriormente, se desarrollan habilidades como la diferenciación entre el yo y el otro, la empatía afectiva, el control inhibitorio y la comprensión de estados mentales ajenos.

Alrededor de los cuatro años se consolidan varios procesos cognitivos y emocionales que permiten formas más complejas de compasión.

Durante la adolescencia, la compasión se ve influida por la cercanía social. Los adolescentes tienden a mostrar mayor compasión hacia personas de su entorno cercano o con quienes se identifican, mientras que esta respuesta disminuye hacia individuos percibidos como lejanos.

En ese sentido, diversos estudios han demostrado que los adolescentes con mayores niveles de compasión tienen una mayor tendencia a defender a víctimas de acoso. Esta defensa no se basa en la agresión, sino en la protección y el cuidado. Sin embargo, también puede aparecer la llamada ira empática, en la que la persona comparte el sufrimiento de la víctima pero responde con agresión hacia el agresor.

Este fenómeno muestra que la compasión no depende solo de sentir lo que el otro siente, sino también de regular emociones, analizar el contexto y responder de forma consciente. Por ello, durante la adolescencia aún se están consolidando estos procesos.

En la adultez y la vejez, la compasión continúa transformándose. Factores como la autocrítica, la atención plena, la humanidad compartida y la regulación emocional influyen en la manera en que se expresa a lo largo del ciclo vital.

Características de una persona compasiva

Diversos investigadores han identificado habilidades y atributos asociados a la compasión. Entre las habilidades destacan la atención al sufrimiento, la imaginación, el razonamiento, la capacidad de compartir emociones y las conductas de ayuda.

Entre los atributos se incluyen la sensibilidad, la tolerancia, la ausencia de juicio y la preocupación por el bienestar de los demás.

“Además, la compasión tiene un carácter relacional, ya que implica una conexión con otros; es multidireccional, porque puede dirigirse a distintos individuos o grupos; y es contextual, ya que depende de las circunstancias específicas en las que surge”, agregó la Dra. Maura.

También puede dirigirse incluso hacia personas que generan rechazo o que han cometido errores graves. Sin embargo, en la práctica, suele ser más intensa cuando el sufrimiento es percibido como grave o inmerecido.

Las personas tienden a mostrar mayor compasión cuando consideran que el sufrimiento no ha sido provocado por la propia persona, como en el caso de enfermedades graves o injusticias. Asimismo, el contexto y la información disponible influyen en la forma en que se evalúa y responde al dolor ajeno.

¿Hacia dónde se dirige la compasión?

La compasión puede dirigirse hacia distintos tipos de sufrimiento: dolor físico, enfermedades, sufrimiento emocional, problemas familiares o insatisfacción vital.

También varía según la cercanía emocional. Generalmente, las personas muestran mayor compasión hacia familiares o amigos, mientras que esta disminuye hacia desconocidos. Sin embargo, algunas personas extienden esta respuesta incluso hacia animales u otros seres sintientes.

La compasión como proceso dinámico

Desde la psicología y las neurociencias contemporáneas, la compasión se entiende como un proceso dinámico que sigue una secuencia: percibir el sufrimiento, interpretarlo, evaluarlo, decidir actuar, intervenir y reflexionar sobre la acción realizada.

Este ciclo permite aprender de las experiencias compasivas y ajustar futuras conductas de ayuda.

¿Qué ocurre en el cerebro cuando somos compasivos?

Desde la neurociencia, la empatía y la compasión involucran redes cerebrales amplias que permiten procesar emociones, interpretar el sufrimiento ajeno y regular la conducta.

En la empatía participan regiones como la amígdala, la ínsula, el cerebelo y áreas de la corteza prefrontal dorsolateral y ventromedial. Estas estructuras intervienen en el reconocimiento emocional, la regulación afectiva y la toma de decisiones.

La amígdala participa en el procesamiento emocional, especialmente ante estímulos relevantes. La corteza prefrontal interviene en el juicio y la regulación emocional. La ínsula integra señales corporales con la experiencia emocional, dando intensidad a lo que sentimos.

En la compasión se activan regiones específicas como la ínsula izquierda y el giro frontal inferior izquierdo, asociadas a respuestas prosociales. Además, el entrenamiento de la compasión se ha relacionado con la activación de áreas vinculadas al placer, la recompensa y la motivación de acercamiento, como la corteza orbitofrontal medial.

Esto sugiere que actuar de forma compasiva puede resultar emocionalmente gratificante. Sin embargo, también abre una cuestión relevante: si las conductas compasivas surgen únicamente del deseo de ayudar a otros o si también están influidas por mecanismos de recompensa y reconocimiento social.

Sobre la autocompasión

Al abordar la compasión, también es necesario hablar de la autocompasión. La Dra. Maura Jazmín Ramírez Flores la definió como la capacidad de aceptarse, cuidarse y tratarse con amabilidad frente a situaciones difíciles o dolorosas. En lugar de responder con una crítica excesiva, la autocompasión implica relacionarse con uno mismo desde la comprensión y el apoyo emocional.

Los principales modelos teóricos describen tres dimensiones fundamentales de la autocompasión. La primera es la bondad hacia uno mismo frente al juicio personal. Esto significa responder con comprensión ante errores, fracasos o momentos de sufrimiento, en vez de recurrir a la dureza o al desprecio hacia uno mismo.

La segunda dimensión corresponde a la humanidad compartida frente al aislamiento. Desde esta perspectiva, las dificultades, las imperfecciones y el sufrimiento forman parte de la experiencia humana universal. Las personas autocompasivas reconocen que no están solas en sus problemas y entienden que otras personas también atraviesan situaciones similares.

La tercera dimensión es la atención plena frente a la sobreidentificación emocional. La atención plena permite observar pensamientos y emociones dolorosas sin negarlos ni exagerarlos, evitando quedar completamente absorbidos por ellos.

Un cerebro autocompasivo

Las investigaciones neurocientíficas han demostrado que la autocompasión también produce cambios en la actividad cerebral. Se han identificado modificaciones en regiones relacionadas con la integración emocional y la autoidentificación, como el fascículo longitudinal superior. Asimismo, las personas con mayores dificultades para reconocerse positivamente suelen mostrar menor activación en estas áreas.

Sin embargo, no todas las personas desarrollan fácilmente la autocompasión. Existen diversas barreras psicológicas y culturales que dificultan este proceso. Algunas creen que tratarse con amabilidad podría disminuir sus estándares personales o afectar su rendimiento, asociando la autocompasión con conformismo o falta de exigencia.

Otras consideran que ser autocompasivos representa debilidad, egoísmo o irresponsabilidad. A esto se suman influencias familiares y culturales que promueven la autocrítica constante y desaprueban el autocuidado emocional. Como consecuencia, muchas personas desarrollan niveles elevados de exigencia hacia sí mismas y perciben la comprensión personal como algo inapropiado.

En este contexto, diversos estudios han mostrado que las mujeres suelen desarrollar autocompasión de manera más temprana que los hombres, particularmente durante la adolescencia.

A pesar de estas dificultades, se ha demostrado que la autocompasión puede entrenarse y fortalecerse. Este aprendizaje genera cambios funcionales en regiones cerebrales como la ínsula anterior y la corteza prefrontal dorsolateral, área relacionada con el razonamiento, el juicio y la regulación emocional.

La modificación de estas regiones durante los entrenamientos en autocompasión sugiere que el cerebro posee plasticidad y puede reorganizarse mediante experiencias asociadas al autocuidado, la regulación emocional y las relaciones positivas con uno mismo.

Comprender el dolor ajeno y querer ayudar

La compasión es una emoción compleja y multidimensional que involucra componentes emocionales, cognitivos, morales y sociales. Aunque se relaciona estrechamente con la empatía, se diferencia de ella porque incorpora la intención activa de aliviar el sufrimiento ajeno.

La compasión no solo depende de factores biológicos, sino también del aprendizaje, las experiencias y el contexto cultural. Además, se desarrolla progresivamente desde la infancia y cambia a lo largo de la vida. Comprender este fenómeno resulta fundamental para fortalecer las relaciones humanas, promover conductas prosociales y favorecer una convivencia basada en el cuidado y el bienestar colectivo.