Este 6 de enero de 2026 se cumplen 490 años de la fundación del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco. Durante los años que duró esta escuela tuvo buenos resultados y fue bien vista en su momento, pero al mismo tiempo tuvo enemigos dentro y fuera de los franciscanos, la orden religiosa que lo creó.
“Yo tengo una perspectiva muy particular sobre el Colegio, fue parte de mi tesis de licenciatura. Me metí bastante a tratar de entenderlo y no repetir las cuestiones más comunes, las fuentes más comunes”, explica Lucía Sánchez de Bustamante, arqueóloga y coordinadora del Centro de Interpretación Xaltilolli del Centro Cultural Universitario Tlatelolco. “Tampoco en la historiografía coincidiremos, pero me parece que hay que reconocer algunas cosas tanto a nivel de proyecto como a nivel de posicionamiento, en este caso de los franciscanos”.

Eligieron el 6 de enero por ser el día de la Epifanía de los Reyes. Se fundó con la fuerte convicción de arraigar no solo la religión; es decir, está el proceso de evangelización en la Nueva España que llevaron las órdenes, iniciando con los franciscanos.
Pero también hay un fondo muy interesante en lo que enseñan. Una de las hipótesis era que se iban a formar sacerdotes, pero para que una persona se formara como sacerdote tenía que estudiar el equivalente en Europa, que eran el trivium y el quadrivium.
En el trivium se estudiaban gramática, retórica y dialéctica, en tanto que en el quadrivium se estudiaban aritmética, geometría, astronomía y música. Estos eran los conocimientos que los aspirantes a formar parte del clero debían dominar.
Ahora bien, hay que quitar la idea de que el Colegio es una escuela de artes. Muchas veces se habla de que en el Colegio se hicieron los códices o se pintaron murales. “Sí, pero es muy probable, y algunos investigadores dicen eso, que una cosa fueran los estudiantes en términos de la formación cristiana, de la formación occidental, y otra cosa muy distinta, u otra cosa complementaria, serían las personas o el potencial de la escuela de artes y oficios que casi todos los claustros tenían”.
La mayor parte de las fuentes dicen que el Colegio quería formar indígenas sacerdotes porque los franciscanos estaban convencidos de que en los indígenas podían encontrar buenos cristianos. Y eso es interesante porque se pensaba que los indígenas no podían aprender.
“Pero entre los franciscanos había un asunto muy interesante. Por eso digo que el contexto hace una gran diferencia: que era el pensamiento milenarista. Ellos creían que en la Nueva España iban a encontrar al cristianismo primitivo, que se había perdido en Europa, y que estos pueblos originarios iban a ser los que iban a salvarnos”.
Los franciscanos no creían que los indígenas fueran prístinos, pero sí creían que no estaban corrompidos, como la población europea. Dicho en términos actuales, el cristianismo europeo se echó a perder, está muy contaminado.
Pensar en que no hay maldad llega a ser un poco ingenuo. Este es el punto de partida de los pensadores franciscanos. Los que viajan en la época de fray Andrés de Olmos, del mismo Sahagún, vienen con este pensamiento. Por eso se puede contextualizar con ellos y después con Vasco de Quiroga, estos proyectos medio utópicos.
“Si no hubieran pensado así, el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco no habría existido”, dice la investigadora. “Los jóvenes indígenas fueron formados para escribir textos. La idea general del Colegio era formar sacerdotes, pero algunos creemos que no era solo formar sacerdotes, y esa fue la línea del proyecto que fracasó, porque la sociedad no autorizó que se ordenaran indígenas como sacerdotes, aunque tenían la formación para hacerlo: el trivium y el quadrivium”.
“La segunda línea que me parece muy interesante es que los formaron como mediadores culturales, porque eran jóvenes más o menos entre 13 y 15 años, se supone que salían en ese rango de edad, que venían de los distintos pueblos, que eran de familias de nobles y que aprendieron a hablar español y latín, y el náhuatl que ya lo traían. Eran trilingües, cuando menos, y hay casos en las fuentes de su corrección en el manejo del latín”.
Ahora bien, ¿qué es ser un mediador cultural? Permitir el diálogo entre las culturas, que es lo que querían los frailes.
No se ordenaron, pero esas personas fueron el equivalente a abogados, fueron intérpretes en el juzgado de indios; podían servir como un canal y, por lo tanto, podían escribir y contestar las preguntas que traían fray Andrés de Olmos primero y luego fray Bernardino de Sahagún en torno a conocer al otro.
Lo que hacen algunos estudiantes del Colegio es escribir, ser los mediadores entre los frailes y los ancianos, porque tenían todas las herramientas: sabían cómo pensaba el fraile y sabían cómo pensaban sus ancianos. Por lo tanto, hicieron la traducción de estos pensamientos a la forma que era requerida por el mundo occidental. Pero también sabían dibujar; por ejemplo, todas las imágenes que tiene el Códice Florentino son de algunos jóvenes del Colegio.
“Pero es importante mencionar que no hay correspondencia entre el español y el náhuatl y que las imágenes no están puestas de acuerdo con el texto. No es la forma occidental de hacer libros”.
Se considera que el Códice Florentino es un proceso de memoria que de alguna manera es medular en la historia del Colegio. No es el único producto, pero es con el que, desde la historia, la arqueología y la antropología, nos vamos a acercar a las costumbres nahuas.
“Algunos consideramos que hicieron su memoria en un contexto de crisis, porque eran las epidemias del último cuarto del siglo XVI, y dejaron el testimonio, yo creo, con cierto nivel de traducción a la cultura occidental y con omisiones que son normales en ese tiempo”.
Pero fue el testimonio de una sociedad que desaparecía. Muchos estudiantes y sus familias murieron, y es un contexto en el que estas herramientas de diálogo cultural hicieron un producto de memoria y de resistencia, en el que hay niveles de lectura y de comunicación que aún no logramos entender a cabalidad.
Se conocen muchos de estos niveles de información. Hay una historia concreta capitulada que tiene que ver con las preguntas del fraile: cuáles eran las tradiciones, cómo se obtenían los productos, cuáles eran los dioses.
“En fin, hay un montón de preguntas en los doce tomos del Códice Florentino. El último es la historia de la Conquista narrada por los indígenas. Entonces, esa es una voluntad de dejar una memoria desde una perspectiva que no es la occidental”.
Por eso, en los estudios actuales se cree que no es solo la traducción del náhuatl al español. Se sabía que el español lo iban a leer directamente los frailes, pero el náhuatl tiene más información.
Las imágenes, que estudió la doctora Diana Magaloni, entre otros, tienen también un código de información que complementa. Pero aquí, en la tradición mesoamericana, la imagen no era un complemento de un texto, sino que era la narrativa. Cuando uno ve los murales en Teotihuacan u otros lugares, no ve un texto: la imagen tenía una historia.
“Para mí es importante la creación del Colegio porque es un punto de diálogo en el contexto de la Conquista y en el proceso de evangelización, que es único. En la historia mesoamericana no tenemos estos espacios de diálogo académico y cultural tan connotados y tan significativos incluso en sus resultados”.
Va a ser casi la primera universidad. Se dice que es “casi” porque no se le reconoce como tal, pero el estudio del trivium y del quadrivium en el contexto europeo medieval es la formación universitaria.
Además del Códice Florentino, tenemos el Códice De la Cruz-Badiano o Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, de Martín de la Cruz y de Juan Badiano, dos alumnos del Colegio. De 1552, es considerado el texto más antiguo de medicina escrito en América.
Se cree que el mapa de Upsala también está relacionado con el Colegio. El mapa de la Ciudad de México que está en Upsala, Suecia. El doctor Miguel León-Portilla y Carmen Aguilera comentaban que probablemente fue hecho en Tlatelolco, encomendado por el virrey Antonio de Mendoza.
Entre el legado directo del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, a nivel documental, hay algunas publicaciones. Por ejemplo, traducciones de libros, Biblias y documentos de catecismo que hicieron los estudiantes para apoyar el proceso de evangelización. Era parte de su formación.
Hubo intérpretes. Se habla, por lo menos, de seis estudiantes identificados con nombre en el proceso de investigación del Códice Florentino; sin embargo, se han identificado alrededor de 22 tlacuilos y cuatro maestros pintores vinculados con la elaboración de sus imágenes. No se tienen datos de quién pudiera haber pintado y creado el mapa de Upsala, si es que se hizo en el Colegio, como decía el doctor León-Portilla.
Algunos estudiantes fueron enviados a diversos lugares de la zona central. Fueron miembros del gobierno indígena en zonas como Xochimilco, San Juan Tenochtitlan, aquí mismo en Tlatelolco y Cuautitlán.
Es probable que parte de lo que no conocemos, también sin nombres, sea su participación como escribas en la traducción de documentos. Tampoco hay nombres de su participación en el juzgado de indios, acotando los juicios contra los indígenas y mediando entre ellos.
De la creación literaria se perdió una parte que está relacionada con los estudiantes y con la biblioteca del claustro.
Una lengua que no era reconocida oficialmente, una lengua indígena, fue fundamental para que los frailes aprendieran a través de los indios y pudieran comunicarse con las comunidades que querían evangelizar. Además, dio una institucionalización al náhuatl del centro de México. Esta idea del reconocimiento de la comunicación y de la lengua quedó dejada en la memoria.
“Me parece que otro legado intangible es ese: la memoria. No importa el medio, oral o escrito, si fueron murales en las iglesias, si fueron retablos, si fueron los códices o los libros, hay un legado de construcción de la memoria muy importante, uno de cuyos reflejos más significativos es el Códice Florentino.
En donde se preservó el pensamiento y el conocimiento prehispánico, a pesar del contexto occidental en el que nos encontrábamos.
“La proyección para mí es esa. Creo que fue un ejercicio de mucha resistencia y memoria de ambos: de los franciscanos, por creer y por no dejar de apoyar a pesar de las circunstancias; y de los indígenas, por generar el diálogo y, aun con matices, dejarnos un legado de memoria y de lengua. Eso me parece muy significativo. Hoy no existe el edificio, el edificio que está no es el Colegio”, finaliza la investigadora.
