Después del accidente en la planta nuclear de Chernóbil, ocurrido el 26 de abril de 1986, la zona fue evacuada y se pensó que difícilmente podría sostener vida. De hecho, la zona tardará mil años en que los isótopos radiactivos desaparezcan.
Sin embargo, diversas especies de animales permanecieron en el área y, con el paso del tiempo, la presencia de fauna llegó a ser comparable con la de otras zonas ecológicas no contaminadas.

Distintas investigaciones señalan que las actividades humanas, como la agricultura, la deforestación y otras acciones antropogénicas, suelen generar mayores efectos negativos sobre las poblaciones de animales que la ausencia de población humana en la zona de exclusión.
En entrevista para UNAM Global, el Dr. Jonathan Emmanuel Valerio Hernández, profesor investigador en el Departamento de Genética y Bioestadística de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, dijo que hay bastante presencia de animales en la zona. Sin embargo, eso no significa que estén en condiciones saludables como en otras zonas no contaminadas.
Aunque se creía que la zona iba a quedar completamente muerta por la radiación, es interesante observar cómo el impacto humano tiene más consecuencias en las poblaciones de animales que un accidente de este tipo.
¿Cómo han logrado sobrevivir?
Son varios factores a considerar, resaltó el experto. Lo primero es que hay zonas con mayor y menor radiactividad y los animales se desplazan por todo el lugar, entonces no reciben todo el tiempo la mayor radiación.
Otro punto es que algunas especies tienen altas tasas de reproducción, es decir, los animales que han nacido están por encima de las tasas de mortalidad y, por ende, han sobrevivido.
Algo muy interesante es que los animales poseen mecanismos biológicos capaces de reparar el daño en su ADN. En ambientes con radiación prolongada puede presentarse estrés oxidativo, un proceso en el que se generan moléculas inestables que afectan el material genético.
Sin embargo, tanto los animales como los seres humanos cuentan con sistemas naturales de defensa y reparación celular que permiten corregir parte de ese impacto y aumentar sus posibilidades de supervivencia.
Por ejemplo, las células de un organismo mueren cuando tienen un daño bastante severo; a este proceso se le llama apoptosis. Después, el cuerpo las reemplaza con nuevas. “Probablemente así han logrado sobrevivir los animales de la zona”.
Además, la radiación puede alterar desde una sola base nitrogenada del ADN —adenina, guanina, citosina o timina— hasta romper por completo una de sus hebras. Aunque las células cuentan con sistemas para reparar estas lesiones, el proceso no siempre es perfecto y puede dejar cambios conocidos como mutaciones.
Estas mutaciones pueden ser neutras, perjudiciales o, en algunos casos, conferir ventajas adaptativas. En ambientes con radiación constante, la selección natural tendería a favorecer a los individuos con mayor resistencia biológica, cuyos rasgos pueden heredarse a lo largo de múltiples generaciones.
Sin embargo, los expertos aclaran que esto no significa la aparición de animales “mutantes” como en la ficción. Cuando la radiación es demasiado alta, muchos organismos simplemente mueren. Los cambios evolutivos reales ocurren lentamente, mediante pequeñas variaciones acumuladas con el paso del tiempo.
Además, la selección natural favorece a los individuos con mejores mecanismos de reparación. “Podríamos decir que la selección natural ha favorecido a individuos que tienen mejores mecanismos de reparación”.
¿Hay cambios genéticos heredables?
Se han documentado algunos casos. Por ejemplo, la rana arbórea, que debería ser verde, ha cambiado su color y se ha oscurecido; es decir, tiene más melanina, la cual ha funcionado como un amortiguador durante estos años de radiactividad crónica.
Otro caso son las aves que han cambiado su pigmentación, como los mirlos, cuyos niveles de antioxidantes son más altos que los de otros animales que no están expuestos a radiación crónica. Es decir, son animales que han heredado estas características.
Los lobos que están en el lugar más alto de la cadena alimenticia han sido una especie bastante estudiada porque consumen herbívoros y, por ende, tienen mayor ingesta de estos elementos. Los investigadores encontraron que son organismos adaptados con mejores respuestas de reparación del ADN.
La radiación puede afectar al sistema inmune. Muchas células de defensa, como linfocitos, neutrófilos y monocitos, se producen constantemente en la médula ósea. Cuando la radiación daña el ADN, estas células pueden dejar de dividirse correctamente, lo que reduce las defensas del organismo y provoca inmunosupresión, es decir, una menor capacidad para combatir virus, bacterias y otras enfermedades.
Las siguientes generaciones
Después del accidente ocurrido el 26 de abril de 1986, la radiación era tan alta que las aves caían del cielo y los grandes mamíferos fallecían. Esto se debía a los daños a nivel de las proteínas del organismo, las enzimas y las paredes celulares.
En genética de poblaciones existe un concepto clave para entender lo ocurrido en Chernóbil: el intervalo generacional, es decir, el tiempo que transcurre desde que un individuo nace hasta que logra reproducirse y dejar descendencia.
Este periodo varía enormemente entre especies. Mientras en algunos roedores pueden ocurrir dos o tres generaciones en un solo año, en los lobos puede ser de seis o siete años, y en animales de vida más larga puede extenderse aún más.
Esto significa que, desde el accidente de 1986, algunas especies pequeñas y de reproducción rápida han acumulado muchas más generaciones que otras.
Entre más generaciones transcurren, mayores oportunidades existen para que aparezcan y se hereden cambios genéticos favorables. Por ello, los científicos pueden observar transformaciones más notorias en especies con ciclos de vida cortos, como ciertos roedores o anfibios, que en animales con reproducción más lenta.
Después de 40 años
En cuanto al aumento de lobos, linces y otros grandes mamíferos en la zona, una de las explicaciones principales es la ausencia humana. Sin agricultura, caza ni deforestación, la vegetación volvió a crecer y con ella aumentaron los herbívoros.
Donde hay más presas, también llegan los depredadores. Así, Chernóbil se convirtió en un laboratorio natural que muestra tanto la resiliencia de la vida como el fuerte impacto que suele tener la actividad humana sobre los ecosistemas, concluyó el experto.
