Desde hace más de 20 mil años, la cerámica acompaña a la humanidad. Nació cuando las primeras comunidades descubrieron que el barro —una mezcla de arcilla y agua— podía transformarse con el fuego en un material duro, resistente y duradero.

Aquellos primeros recipientes, hechos para cocinar, almacenar o realizar rituales, marcaron un salto tecnológico decisivo, pues permitieron controlar el entorno y conservar alimentos.
Hoy, ese conocimiento ancestral no solo sigue vivo, sino que se ha sofisticado en espacios como el Laboratorio de Cerámica de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, donde el barro se estudia y experimenta desde la ciencia y el diseño.
Una experiencia
Expresar a través de la cerámica es transmitir un mensaje dentro de los objetos. Se trata de un material muy versátil, con el que se puede trabajar de maneras creativas y estéticas, dijo Santiago Flores, estudiante del séptimo semestre de la carrera de Diseño Industrial. «No es solamente una materia, sino una forma de expresión».
El Laboratorio de Cerámica forma parte del Centro de Investigaciones de Diseño Industrial (CIDI) de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, donde los estudiantes tienen la oportunidad de elegir entre varias opciones.
En su caso, Santiago estaba un poco escéptico: no sabía si inscribir o no la materia, pero sus amigas lo convencieron. Al cursarla se llevó una gran sorpresa, desde descubrir todo lo que podía hacer hasta darse cuenta de cuánto le gusta trabajar con ese material.
«Es laborioso, desde el hecho de ensuciarse y trabajar con las manos hasta llegar a la creación». Hoy está muy agradecido de haber tomado esa decisión.
Por eso, cuando termine la carrera, planea seguir con la cerámica, un hobby que descubrió durante sus estudios. «Me encantaría seguir involucrándome en este tipo de procesos y llevar este material a más lugares».
La mancuerna perfecta
Valeria Mendiolea y Saúl García, conocidos como la mancuerna perfecta, son los jóvenes profesores que actualmente imparten este laboratorio, con seis y siete años de trayectoria respectivamente.
Ambos estudiaron en la misma generación en la Facultad de Arquitectura. A Valeria le gusta la cerámica porque es un material muy noble que permite expresar la creatividad, pero también implica múltiples requisitos y consideraciones.
Por ejemplo, se deben seguir todos los pasos al pie de la letra para obtener los resultados esperados y, aun así, pueden surgir sorpresas y aparecer resultados que no estaban planeados. «La cerámica tiende a no ser tan exacta en algunos casos; por más que queramos que sea precisa, a veces no se puede controlar lo que pasa en el horno».
Cuando era estudiante, Valeria pensaba dedicarse a la arquitectura, pero su rumbo cambió con este taller. «Aquí los resultados son más reales que en arquitectura, donde no puedes entregar un edificio al final del curso, que pertenece al ámbito real».
En cambio, en este taller sí se logra un objeto tangible: crear un prototipo e incluso venderlo en el mercado.
Además, en el CIDI existe una comunidad pequeña y cercana con los alumnos: regularmente son 20 jóvenes en cada clase, a diferencia de Arquitectura, donde pueden llegar a ser hasta 100.

Por su parte, Saúl García —quien estudió Diseño Industrial— se interesó en la cerámica desde que formaba parte de la comunidad de la UNAM. Le gusta porque tiene diversos campos de aplicación.
De hecho, se trata de un material que permite explicar cómo los humanos han transitado por este mundo y cómo los ha llevado a conquistar lugares inimaginables. Por ejemplo, la punta de algunos cohetes espaciales está hecha de cerámica.
Además, en los teléfonos celulares hay varios componentes de este material que se utilizan para mandar y recibir información, y son ideales porque no se calientan. «La cerámica va más allá de un objeto utilitario».
Por otro lado, la cultura material del país está llena de alfarería y gastronomía que depende del barro. Cuando este se calienta a altas temperaturas en un horno, sus minerales se fusionan, se endurecen y se transforman en cerámica.
Una de sus mayores satisfacciones es desarrollar posibilidades con materiales —desde pastas cerámicas hasta esmaltes— enfocados en la cuestión utilitaria.
Al impartir estas clases, Saúl se siente orgulloso de regresarle a la nación algo de lo que le brindó la UNAM.
Una visión estudiantil
Assol Hernández Uribe, de la carrera de Diseño Industrial y actualmente en su semestre de titulación, considera que en este laboratorio se puede integrar todo lo aprendido en la carrera: desde la conceptualización y el proceso de diseño hasta la producción.

Después de tomar este taller, la joven estudiante se enamoró de la cerámica porque considera que es muy valioso obtener resultados tangibles.
Generalmente, los procesos de diseño estudiados en la facultad se desarrollan a través de prototipos con un alcance virtual y conceptual, más que finalizado.
«En cambio, en este taller sí se termina un objeto final y eso me hace sentir muy satisfecha con el proceso; fue lo que me enamoró». De hecho, la cerámica y el barro siempre han estado presentes en la humanidad y actualmente representan una actividad cada vez más sofisticada, concluyó.
