Explora unam global tv
Explora unam global tv
explorar
Explora por categoría
regresar

Paisaje sagrado, cosmovisión y tradición: el arte rupestre zapoteco del Istmo de Tehuantepec

El arte rupestre constituye una de las expresiones más complejas y significativas de las sociedades prehispánicas mesoamericanas, no sólo como manifestación estética, sino también como un medio fundamental para la construcción simbólica del territorio. En el caso de los zapotecos del sur del Istmo de Tehuantepec, estas manifestaciones desempeñaron un papel central en los procesos de colonización, expansión y apropiación territorial —que incluyeron formas de conflicto, negociación y reordenamiento simbólico—, así como en la conformación de paisajes sagrados durante el Posclásico tardío.

El doctor Fernando Berrojalbiz, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la UNAM, señaló que el estudio del arte rupestre en esta región permite comprender cómo el asentamiento en un nuevo territorio no se limitó a la ocupación física del espacio, sino que implicó un profundo proceso de apropiación simbólica y ontológica del paisaje.

En este contexto, durante la conferencia Arte rupestre del Istmo de Tehuantepec, Berrojalbiz analizó la relevancia de estas expresiones gráficas, con especial atención al sitio de Ba’cuaana, destacando su función dentro del culto a la montaña sagrada, su relación con la tradición iconográfica mixteca-puebla y su inserción en la cosmovisión zapoteca del Posclásico tardío.

Contexto histórico y migración zapoteca al Istmo

Antes de abordar el eje central de la conferencia, el investigador del IIE-UNAM explicó que el origen de la cultura zapoteca se sitúa en los Valles Centrales de Oaxaca, con Monte Albán como su principal centro político y ceremonial durante el periodo Clásico. Aunque este sitio declinó, las comunidades zapotecas persistieron durante el Posclásico, organizadas en señoríos como Zaachila.

Fue precisamente en el Posclásico tardío cuando se produjo una migración significativa de grupos zapotecos hacia el Istmo de Tehuantepec. De acuerdo con Berrojalbiz, este proceso no ocurrió de manera homogénea, sino a través de “diferentes oleadas y modalidades de ocupación, que implicaron tanto la colonización como la dominación de amplias zonas del sur del Istmo”.

Los zapotecos se establecieron en un territorio previamente habitado por otros grupos, lo que hizo necesaria la legitimación de su presencia y de su control del espacio, no sólo mediante asentamientos, sino también a través de estrategias simbólicas profundamente arraigadas en su cosmovisión.

La creación del paisaje sagrado y el papel del arte rupestre

Más allá de la fundación de asentamientos habitacionales, centros políticos o espacios agrícolas, los zapotecos desarrollaron un paisaje sagrado que les permitió anclar su visión del mundo en el nuevo territorio. En este proceso, el arte rupestre se convirtió en un elemento clave.

“El arte rupestre funcionó como un lenguaje visual mediante el cual los zapotecos proyectaron sus dioses, mitos y concepciones del mundo sobre el paisaje istmeño”, explicó Fernando Berrojalbiz. Estos conjuntos rupestres no fueron espacios marginales, sino lugares cuidadosamente seleccionados y asociados a cerros, cuevas y formaciones rocosas con un profundo significado simbólico.

En el sur del Istmo de Tehuantepec se han identificado diversos tipos de sitios: grandes santuarios con una iconografía compleja y numerosos espacios menores con imágenes más simples, como manos, puntos o líneas. A pesar de sus diferencias formales, todos comparten un mismo trasfondo simbólico vinculado al culto a la montaña sagrada.

Ba’cuaana: un santuario rupestre zapoteco

El sitio de Ba’cuaana destaca como uno de los santuarios rupestres más importantes del sur del Istmo. Se localiza en las faldas del Cerro Blanco, una elevación aislada en medio de la llanura costera cuya prominencia visual refuerza su carácter sagrado. El sitio se compone de dos grandes afloramientos graníticos, uno de los cuales forma una especie de cueva con pinturas en el techo.

Según el investigador del IIE-UNAM, la ubicación y configuración del sitio no son casuales: “la cueva de Ba’cuaana fue concebida como una entrada al inframundo, al interior del Cerro Blanco, entendido como una montaña sagrada habitada por seres sobrenaturales”. Esta concepción explica la concentración y complejidad de las imágenes pintadas en su interior.

A diferencia de otros sitios del Istmo, Ba’cuaana presenta una abrumadora mayoría de imágenes zapotecas, estimada por el investigador entre el 90 y el 95 %, lo que sugiere que se trata de un espacio ritual creado casi exclusivamente por estos grupos tras su llegada a la región.

Uno de los aspectos más sobresalientes del sitio es la abundancia de representaciones animales. Para su análisis, el doctor Fernando Berrojalbiz propone una clasificación en cuatro grandes categorías, cada una con una lógica simbólica distinta.

1. Seres extraordinarios y deidades

Esta categoría está formada por serpientes fantásticas, generalmente representadas sólo por la cabeza. Combinan rasgos de distintos animales —serpiente, felino, cánido o cocodrilo— y presentan elementos comunes como mandíbulas prominentes, dentaduras exageradas y tocados de plumas. No representan animales reales, sino entidades sobrenaturales que habitan el interior de la montaña sagrada. Algunas se identifican como serpientes de agua y otras como serpientes de fuego, una iconografía característica del Posclásico tardío.

Dentro de esta categoría también aparecen deidades como Cocijo, dios zapoteca del rayo y la lluvia, así como figuras felinas asociadas al corazón de la montaña y de la tierra, una noción comparable al Tepeyóllotl nahua. Estas representaciones refuerzan la idea de Ba’cuaana como un espacio de comunicación con los poderes que controlan la fertilidad y el equilibrio cósmico.

2. Signos de los días

La segunda categoría corresponde a los signos calendáricos, muchos de ellos animales como la serpiente, el jaguar o el venado. Estas representaciones incluyen numerales y siguen convenciones gráficas ampliamente conocidas en los códices de la tradición mixteca-puebla. Las imágenes pueden indicar fechas rituales específicas o incluso nombres calendáricos de los individuos que realizaron las ofrendas, lo que refuerza el carácter ceremonial del sitio.

3. Ofrendas rituales

La tercera categoría está formada por representaciones de ofrendas, en las que los animales ocupan un lugar central. Loros, venados y otros seres aparecen depositados sobre cajetes cerámicos, siguiendo una convención visual idéntica a la observada en los códices. No se trata de escenas cotidianas, sino de depósitos rituales destinados a los seres que habitan la montaña sagrada, lo que refuerza la función ceremonial de Ba’cuaana.

4. Otros animales

Finalmente, existen representaciones animales que no encajan claramente en las categorías anteriores y cuya interpretación permanece abierta. No obstante, deben entenderse dentro del marco general del culto a la montaña sagrada y del diálogo simbólico con lo sobrenatural.

Salazar: otro punto importante

Ubicado en las faldas del monte Guiengola y cercano al río Tehuantepec, se encuentra Salazar, un espacio ritual zapoteca con características distintas a las del gran santuario de Ba’cuaana. Se trata de una serie de frentes rocosos irregulares donde se identifican diversos paneles o conjuntos de arte rupestre, distribuidos a lo largo de más de treinta metros.

Estos paneles presentan imágenes pintadas y grabadas que corresponden a diferentes culturas y momentos históricos. Algunas son anteriores a la llegada de los zapotecos y otras claramente zapotecas, lo que se evidencia en la superposición de motivos. Esta superposición no es casual, sino que refleja la resignificación continua del lugar como espacio sagrado.

Al igual que en Ba’cuaana, existe una predominancia de motivos animales, aunque con menor variedad. Se identifican serpientes, cocodrilos, caimanes, peces, venados y un posible conejo o liebre. Estas representaciones comparten un estilo común caracterizado por cuellos robustos, mandíbulas prominentes y, en algunos casos, elementos plumarios.

Un rasgo distintivo de Salazar es el uso del color. Mientras que en Ba’cuaana predominan las pinturas rojas, en Salazar aparecen pinturas blancas, lo que el doctor Berrojalbiz destacó como algo excepcional: “es de los pocos ejemplos que tenemos zapotecos de pintura blanca”. Esta diferencia cromática refuerza la idea de que ambos sitios, aunque relacionados, cumplieron funciones rituales distintas.

En términos simbólicos, las imágenes de Salazar se asocian con el agua, la pesca y la fecundidad, lo que se explica por su cercanía al río Tehuantepec. Asimismo, se observan representaciones de los llamados monstruos de la tierra, figurados como grandes bocas abiertas o como cocodrilos y caimanes, elementos ampliamente documentados en la iconografía mesoamericana.

El sitio también contiene evidencias de rituales vinculados al sacrificio. En algunos paneles se observan puntos y líneas rojas que han sido interpretados como una emulación pictórica del derramamiento de sangre.

Estar en equilibrio con el entorno

Una de las características más llamativas del arte rupestre zapoteca en el Istmo de Tehuantepec es la casi total ausencia de iconografía política explícita. Desde la perspectiva del investigador del IIE-UNAM, el objetivo principal de estas manifestaciones no fue exaltar el poder dinástico, sino enraizar su cosmovisión y a sus dioses en el nuevo entorno del que se estaban apropiando.

“El énfasis no está en la política ni en el poder, sino en mantener el equilibrio con el entorno, con el ciclo de la vida y con entidades como el monstruo de la tierra, elementos centrales de la cosmología mesoamericana”, añadió.

Actualidad

Berrojalbiz cerró su participación destacando que actualmente en Ba’cuaana existe una continuidad ritual con la celebración de la fiesta de la Santa Cruz, que suele realizarse en los primeros días de mayo. Para el investigador, esta celebración cristiana representa un desplazamiento simbólico del pensamiento zapoteca, pero conserva un trasfondo antiguo vinculado a la fertilidad, la renovación de la vida y el ciclo agrícola.

De este modo, el sitio mantiene su carácter sagrado, demostrando la persistencia de creencias profundamente arraigadas en la relación entre la tierra, el agua y la regeneración del cosmos.