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Arte indocristiano: fusión de estética indígena y mensaje cristiano

El arte indocristiano en México representa una de las manifestaciones culturales más significativas del periodo colonial. Surgido en el siglo XVI, del encuentro entre las tradiciones artísticas indígenas y la iconografía cristiana introducida por los misioneros europeos, fue vehículo de evangelización y, al mismo tiempo, herramienta de resistencia simbólica y reinterpretación cultural. Su importancia radica en que muestra cómo las comunidades originarias no sólo adoptaron una nueva fe, sino que la resignificaron y transformaron en un lenguaje visual propio, cargado de identidad y memoria.

Orígenes del arte indocristiano

El investigador Aban Flores Morán, profesor del Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE) de la UNAM, ha estudiado ampliamente este fenómeno de fusión espiritual y estética.

“El arte indocristiano surgió en el siglo XVI como resultado del encuentro entre las tradiciones estéticas indígenas y la cosmovisión cristiana impuesta durante la colonización. El resultado fue un arte híbrido, profundamente simbólico, que conserva rastros visibles del pensamiento y la sensibilidad indígena”, explicó Flores Morán.

Entre sus ejemplos están las cruces azules en baptisterios o la representación del cabello y los asientos en colores que conservan significados indígenas.

El arte indocristiano fue producido mayoritariamente por artistas indígenas, quienes integraron símbolos, técnicas y valores de sus culturas en obras cristianas, creando un lenguaje híbrido cargado de significados.

Ángel crucífero de la portada de la iglesia del exconvento de Molango Imágen de Mediateca INAH con clave CC BY-NC
La imagen 01: Detalle del Templo Santa María Tonantzintla en Cholula Puebla. Arte barroco elaborado por los indígenas

Conventos y órdenes mendicantes

Uno de los escenarios fundamentales para su desarrollo fueron los conventos novohispanos. Estos recintos, además de centros de evangelización, se convirtieron en núcleos de producción artística. Su arquitectura incluía atrios, cruces atriales, capillas posas, capillas abiertas y templos decorados con murales.

Las órdenes mendicantes —franciscanos, dominicos y agustinos— desempeñaron un papel crucial en la expansión de este arte. Cada una trabajó en regiones distintas: franciscanos en el centro, occidente y Yucatán; dominicos en Oaxaca y Chiapas; y agustinos en Hidalgo, Veracruz y Michoacán.

Una inspiración académica y artística

Flores Morán ha seguido la línea de investigación de Pablo Escalante Gonzalbo, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Juntos han estudiado obras como la pintura mural del convento de Tepetlaoxtoc (Estado de México), donde identificaron que los mismos pintores participaron en el códice homónimo, usado para denunciar los abusos coloniales.

En una pila bautismal en Tlalnepantla hallaron símbolos que fusionan la concepción cristiana del bautismo con la visión indígena del agua como elemento vital y sagrado. Asimismo, han analizado mapas coloniales que muestran dos visiones distintas del mismo territorio: la burocrática europea de 1580 y la indígena de 1588, simbólica, detallada y comunitaria.

“Aquí observamos cómo el indígena no sólo adoptó el cristianismo, sino que lo reinterpretó desde su cosmovisión y lo proyectó en un arte cargado de memoria”, señaló Flores Morán.

La pintura mural novohispana

La pintura mural indocristiana es quizá el escenario más rico y diverso de esta fusión. Investigaciones recientes, con métodos como la estratigrafía, han revelado tres etapas principales:

  1. 1550–1570, pintura en grisalla: monocromía en tonos grises, con animales, vegetación y símbolos indígenas integrados a la iconografía cristiana.
  2. Etapa del color rojo: marcada por la ostentación y disminución de la iconografía indígena, en favor de un discurso de poder político-religioso.
  3. 1580–1590 en adelante, pintura polícroma: mayor complejidad técnica, uso naturalizado de elementos occidentales y un giro ideológico: el indígena pasa de ser virtuoso a pecador o tentado por el demonio.

En Ixmiquilpan (Hidalgo), por ejemplo, se representaron batallas entre indígenas cristianizados y chichimecas no convertidos, usando armas y ornamentos mesoamericanos.

“Aquí, los indígenas cristianos conservan rasgos culturales mesoamericanos, lo cual revela una apropiación visual que no elimina lo indígena, sino que lo convierte en vehículo del nuevo orden cristiano”, explicó Flores Morán.

Retos para la conservación del arte indocristiano

Este legado cultural enfrenta hoy graves problemas de conservación: daños por el tiempo, sismos —como el de 2017— y restauraciones mal documentadas. En algunos casos, se han perdido murales completos; en otros, añadidos modernos distorsionan el mensaje original.

El registro fotográfico y documental es vital para su preservación. La fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), los archivos de Manuel Toussaint y los registros de investigadores contemporáneos permiten conservar y estudiar este patrimonio para futuras generaciones.