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La arquitectura de los conventos y la vida cotidiana de las monjas

La imagen que tenemos de las monjas en las celdas de sus conventos, en las que como todo mobiliario había un catre estrecho e incómodo y una mesa con una vela, no es exacta.

Estudios recientes en el campo de la historia del arte conventual evidencian que, en especial en los conventos de monjas calzadas (observancia más flexible, con mayores comodidades), la vida de las religiosas era muy diferente a lo que comúnmente se cree.

Sobre todo en las ciudades de México y Puebla, algunas monjas vivían en celdas que tenían cocina, recámara, huertos pequeños e incluso jardines.

“La arquitectura de los conventos es un tema muy interesante porque son un patrimonio que en México se conserva de manera fragmentada y del que hemos hablado muy poco”, considera Franziska Neff, del Instituto de Investigaciones Estéticas, de la UNAM. “Hoy en día, no tenemos completa ninguna arquitectura conventual de mujeres”.

Con las Leyes de Reforma del siglo XIX (1859–1863) y la desamortización, en muchos casos sólo se conserva la parte central, que fueron los claustros (patios centrales porticados que organizaban la vida conventual) y la iglesia, pero el resto desapareció. “Es un patrimonio que debemos traer nuevamente a la conciencia de la gente, porque estos conventos fueron muy importantes en la sociedad novohispana”.

Por ejemplo, agrega, sólo en la Ciudad de México hubo veintiún conventos, once en Puebla y cinco en Oaxaca. Era un patrimonio que hoy en día ya no vemos de esa manera, pero en su época fue muy importante.

A pesar de que las mujeres vivían detrás de los muros conventuales, los conventos eran centros importantes que estaban entrelazados con la ciudad. En la traza urbana se puede ver que estaban ubicados cerca de la plaza principal y en las rutas del agua, en terrenos bien elegidos, que no se inundaban.

Al sacralizar el espacio urbano, los conventos de monjas eran lugares fundamentales que formaban una red que se activaba en las procesiones del Corpus Christi, en las festividades de santos y de la Virgen. Al pasar frente a los conventos de monjas, las procesiones entraban en sus iglesias, y después de que las monjas cantaban desde el coro, la procesión continuaba su camino. Esto se puede ver muy bien en la ciudad de Puebla, en la que había dos o tres conventos de mujeres por los que pasaban todas las procesiones.

Los conventos y lo que queda de ellos

“Mientras hacía mi doctorado, yo vivía en Puebla y colaboraba con el Museo de Arte Religioso Exconvento de Santa Mónica (INAH), que era un convento de agustinas”, explica la académica. “Al estudiar el edificio empecé a interesarme en las funciones de sus espacios, cómo estaba conectada la iglesia con el convento, cómo se usaba cada uno de esos espacios.

Al investigar para el tema de mi tesis doctoral, en el Archivo de Notarías descubrí que había avalúos de celdas, porque las monjas las vendían. Reuní una lista de más de 20 avalúos de la segunda mitad del siglo XVIII, y con ese material documental empecé a comparar las celdas”.

Se sabía que las celdas de los conventos de la Ciudad de México no eran sólo celdas sencillas, sino que en algunos casos contaban con varios espacios.

La familia Fagoaga y las celdas

El caso de la familia Fagoaga es un ejemplo. Dos hijas de esa familia tomaron los hábitos en el Real Convento de Jesús María, que pertenecía a la orden de la Inmaculada Concepción. Fue fundado en 1580 con el fin de cobijar a jóvenes de origen noble, como hijas y nietas de conquistadores que carecían de medios económicos.

Este convento estaba en la esquina de la Acequia Real (hoy calle de Corregidora, en el Centro Histórico de la Ciudad de México) y la calle que después se llamó de Jesús María.

Con el fin de construir dos celdas para sus hijas que iban a profesar en el convento, María Josefa de Arozqueta y de las Heras y Alcocer adquirió una casa adyacente al convento, y que pertenecía a éste.

Era una casa de dos plantas que constaba de dos recámaras, cocina, un baño con tina, sala, una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, azotehuela, un patio, un salón y otros espacios.

Los conventos como el de Jesús María eran de monjas calzadas, porque las monjas descalzas (observancia más estricta, dedicada a la austeridad) eran pocas y vivían de manera muy rigurosa.

“Una monja que vivía con comodidades similares era Sor Juana en el convento de San Jerónimo. No era una monjita que estaba escondida en una celda sencilla, sino que tenía su estudio”, dice la investigadora.

“Además, se queja porque no tiene privacidad. Hay una parte muy interesante de su correspondencia con el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, en la que le expresa que quisiera concentrarse en sus tareas espirituales, la lectura y la escritura, pero que constantemente la molesta una monja de una celda vecina que quiere platicar con ella”, expresa Franziska Neff.

También se queja de que las criadas se pelean, y que ella tiene que resolver ese problema; o que en otra celda están tocando música, y con todo eso no se puede concentrar.

Compraventa ante notario

Con frecuencia estas celdas eran vendidas con la intervención de un notario, y en ocasiones se heredaban también con notario. En algunos casos, más de una mujer de una misma familia estaban en el convento, y se pasaban las celdas entre sí: de la tía a la sobrina o a la hermana.

“En relación con los precios, he encontrado que algunas celdas costaban 400 pesos, pero otras su precio llegaba a los dos mil pesos, que era lo que costaba una casa chica en la ciudad, con algunos lujos”.

Celdas con comodidades

Había celdas en las que por todo mobiliario tenían una mesa y una cama muy sencilla. Otras tenían un cuarto, es decir, la monja lo usaba como espacio privado para retirarse, aunque comía en el refectorio común y dormía en el dormitorio común.

Pero otras podían tener baúles, sillas, taburetes, cojines, como lo que tenían en sus casas.

Había celdas con dos recámaras y un patio pequeño, y también era frecuente que tuvieran cocina. Incluso podían contar con baño propio con una tina, en la que sus sirvientas o esclavas les ponían agua caliente para tomar su baño.

“Es importante mencionar que dentro de algunos conventos hubo una población esclava bastante grande. Eran esclavas afroamericanas porque las indígenas no podían ser esclavas”, dice la investigadora.

Estos privilegios no se veían en las monjas descalzas, quienes vivían en conventos sin comodidades y dedicadas a la oración y a la contemplación.

Pero las monjas calzadas, además de una casa, también podían tener muchas joyas, que lucían incluso con los hábitos puestos, confeccionados con telas de calidad.

El locutorio (espacio donde las monjas podían hablar con visitantes, separado por rejas) era un espacio muy interesante porque hay constancia de que ahí se representaban comedias. Entre los placeres de la vida cotidiana, durante la función de teatro las monjas podían charlar mientras disfrutaban de una taza de chocolate.

El chocolate en los conventos

Tomar chocolate era tan importante que las monjas tenían un espacio destinado exclusivamente para disfrutarlo, que se llamaba el Chocolatero.

Sin embargo, Francisco Fabián y Fuero, obispo de Puebla, consideraba que se armaban escándalos en el Chocolatero porque no tomaban el chocolate de manera tranquila, sino en medio de pláticas.

En algunas normas de diciembre de 1769, el obispo dispuso que en el refectorio debía haber lugares suficientes para todas las religiosas y que, para evitar el ruido de las pláticas, el chocolate se tenía que beber en el refectorio y no en el Chocolatero, que sólo se utilizaría para prepararlo.

En el siglo XVII hubo toda una discusión acerca de si se podía tomar chocolate cuando se estaba ayunando, y se resolvió que sí, que el chocolate no rompe el ayuno. La polémica fue célebre desde 1636, cuando Antonio de León Pinelo publicó un tratado sobre el tema.

Eso era muy importante porque el cacao era un alimento nutritivo que ayudaba a las monjas a mantenerse saludables, aun cuando practicaban largos ayunos.

En general, tomar chocolate fue un ritual muy importante, que también se practicaba en las iglesias. Como en esos años no había bancas, los feligreses llevaban su propio banquito (banco portátil) para sentarse y, durante la misa, podían beber chocolate. Esto, sin embargo, dio lugar a quejas porque muchos se distraían con la bebida y la conversación en lugar de atender a la liturgia.

Algo similar pasaba en los conventos, en donde el chocolate se aprovechaba como momento de convivencia en tiempos destinados a la oración.

La arquitectura y su funcionamiento

“Creo que es interesante relacionar la arquitectura con su funcionamiento. Por una parte, la función de cada espacio, ya sea el claustro, la iglesia, las celdas, el refectorio, y cómo funcionaban en la vida cotidiana. Y eso es complicado saber”, expresa la académica.

Dependemos de algunas fuentes documentales, como la carta que Sor Juana escribió a Sor Filotea o los registros en el Archivo de Notarías, pero hay pocas descripciones de cómo eran los conventos por dentro.

Hay una en Puebla, por ejemplo, cuando se construyó el convento de Santa Rosa, en la que se describen los espacios y qué pinturas o esculturas había en cada lugar.

“Esto nos permitió saber un poco cómo se usaban esos espacios y también deshacernos de ese cliché de la monja que se está flagelando constantemente y duerme en una cama dura. Claro que había monjas así, pero la gran mayoría no, porque eran monjas calzadas”, explica la investigadora. “La mayor parte de los conventos eran de monjas calzadas, y la población era de hasta cien monjas por convento”.

“Creo que nos tenemos que alejar un poco de la idea de la monja sufriente todo el tiempo, y ver el espacio conventual como un espacio de formación. Es una sociedad de mujeres que organizan su vida, que conviven y que se forman en áreas que la vida fuera de los muros conventuales no hubiera permitido”.

No sólo Sor Juana pudo desarrollar su talento porque estaba dentro del convento, también muchas otras mujeres dejaron numerosos escritos.

Pero entrar en un convento no era fácil. Se necesitaba pagar una dote, porque los conventos eran para mujeres españolas, criollas y algunas mestizas de clase media para arriba.

Había también becas, por ejemplo, de gente adinerada que dotaba a niñas huérfanas para que pudieran entrar al convento. Si eran buenas ejecutantes de música, se les perdonaba la dote porque la música era necesaria no sólo para los eventos litúrgicos, sino también como entretenimiento y recreación dentro del convento.

“Por esto, yo creo que muchas mujeres pudieron desarrollar habilidades dentro del convento que no hubiera sido posible si se hubieran casado”, finalizó la investigadora.

Desde la UNAM, recuperar estos espacios —aunque fragmentarios— ayuda a comprender la vida cotidiana, la sociabilidad femenina y la producción cultural de la Nueva España. Al volver sobre sus arquitecturas y usos, reforzamos la memoria urbana y el compromiso de conservar un patrimonio que sigue dialogando con el presente.