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Así se preparan algunos animales para el frío: migran, hibernan o cambian de pelaje

Con la llegada del otoño y el invierno, numerosas especies animales modifican su comportamiento para sobrevivir a las bajas temperaturas y a la escasez de alimento.
La naturaleza ha equipado a aves, mamíferos, insectos y reptiles con estrategias sorprendentes que van desde la migración de miles de kilómetros hasta cambios metabólicos extremos, explicó Alejandra Alvarado Zink, especialista de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM.

“Los animales anticipan la entrada del frío. El acortamiento de los días es una de las señales más importantes que reciben”, detalla la especialista.

Migrar para sobrevivir

La estrategia más conocida es la migración. Muchas especies abandonan las zonas donde el frío extremo limita el acceso a alimento.

Uno de los casos más emblemáticos es la mariposa monarca. Cuando termina el verano en Canadá y Estados Unidos, estos insectos inician un viaje de más de 4,000 kilómetros hacia México.
Aunque cada generación vive pocos meses, las monarcas que nacen a fines del verano “ya traen integrado el comportamiento migratorio”, señaló Alvarado. No es aprendido: es un patrón genético guiado por señales ambientales como duración del día, temperatura y percepción del campo magnético terrestre.

Varias aves también llegan a nuestro país para pasar el invierno. Entre ellas se encuentran patos, gansos, aves cantoras y algunas especies de colibríes, que viajan desde Norteamérica hacia México, Centroamérica o el Caribe para encontrar alimento y condiciones más favorables.
“Si no hay flores ni insectos, que son su alimento, no pueden sobrevivir. Por eso migran”, explicó.

Durante el invierno es crucial no perturbar a las especies migratorias, especialmente a las monarcas, cuyo metabolismo disminuye drásticamente para ahorrar energía. En esta etapa dependen casi por completo de las reservas que acumularon antes de iniciar su viaje y sólo realizan actividad mínima, incluida la búsqueda ocasional de agua.

Hibernar: bajar la velocidad del cuerpo

Otras especies no pueden migrar y recurren a la hibernación o al torpor invernal. Se refugian en cuevas, madrigueras o cavidades, bajan su temperatura corporal y reducen su metabolismo.

Los osos pardos, por ejemplo, pasan el otoño en un periodo de hiperfagia: comen constantemente para acumular grasa que sostendrá sus funciones básicas durante meses. Durante el invierno entran en un estado de torpor profundo, similar a la hibernación, en el que la temperatura corporal disminuye ligeramente y el ritmo cardíaco y respiratorio baja notablemente.

En contraste, los osos polares no hibernan. Sólo las hembras preñadas permanecen en madrigueras durante la gestación y el parto, pero los machos y las hembras no gestantes se mantienen activos durante todo el invierno.

Entre los animales que sí hibernan o entran en estados de dormancia se encuentran:

  • Ranas del hemisferio norte, cuyas células pueden resistir la congelación gracias a sustancias crioprotectoras como glucosa y glicerol.
  • Varias especies de serpientes, que se reúnen en grandes grupos dentro de cuevas llamadas hibernáculos, donde la temperatura se mantiene estable.
  • La llamada gallinita ciega, que en realidad es la larva de un escarabajo melolóntido. Durante el invierno entra en diapausa, un periodo de inactividad regulado por el fotoperiodo.

Guardar alimento: estrategias de otoño

Animales como las ardillas y diversas especies de hormigas recurren a una técnica distinta: almacenar comida. Durante el otoño llenan nidos, madrigueras y escondites con semillas y provisiones que les permitirán sobrevivir en invierno, cuando la actividad disminuye y muchas fuentes de alimento desaparecen.

Camuflaje invernal: cambiar de color

Otra adaptación notable es el cambio de color del pelaje. La zorra del Ártico y la liebre del Ártico son ejemplos emblemáticos: en primavera y verano tienen tonos cafés, pero en invierno su pelaje se vuelve blanco.

Este cambio cumple distintas funciones:

  • En la zorra, una depredadora, el pelaje blanco facilita el sigilo.
  • En la liebre, que es presa, funciona como camuflaje para evitar a los depredadores.

Algunas poblaciones de estas mismas especies que viven en zonas sin nieve no cambian de color, lo que demuestra que estas transformaciones dependen tanto de la genética como del ambiente.

El reloj natural: el fotoperiodo

Aunque las temperaturas influyen, el fotoperiodo —la duración del día— es el factor más importante que desencadena la migración, la hibernación, los cambios de pelaje o las reservas de alimento.

A medida que los días se acortan en otoño, los animales reciben una señal inequívoca: deben prepararse para el invierno. Tras el solsticio de diciembre, la tendencia se invierte y el alargamiento paulatino del día comienza a regular nuevamente su actividad.

“Es como si tuvieran un reloj solar interno que les dice: algo va a cambiar, es momento de prepararnos”, afirmó la especialista.