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Alarmas: cómo simulan un grito de peligro para salvarnos

Cuando suena cualquier alarma, como la alerta sísmica, todos brincamos: el corazón late más rápido y surge una urgencia casi automática por movernos o buscar una salida. Pero ¿por qué nos pasa esto?

“El sonido de cualquier alerta es intenso porque su objetivo es llamar la atención. Si fuera un sonido suave o amigable, nadie le pondría interés. La idea es que la gente se concentre en lo que ocurre y actúe en consecuencia”, explicó en entrevista para UNAM Global Rogelio Flores Morales, profesor investigador de la Facultad de Psicología de la UNAM.

Simulan el sonido de animales en peligro

Desde la biología se ha documentado que muchas alarmas comparten características acústicas con los gritos humanos y los bramidos de animales cuando están en peligro: sonidos agudos, cambios abruptos en la frecuencia y alta intensidad. No sólo la alerta sísmica, sino también las sirenas de policía y ambulancias.

“Estos sonidos fueron diseñados deliberadamente para generar cierto nivel de tensión y provocar acción. Desde una perspectiva evolutiva, al escucharlos se activan respuestas cerebrales automáticas, particularmente en la amígdala, que regula el estado de alerta. Es como si el cerebro dijera: ‘Ojo, algo está ocurriendo y debes actuar’”, añadió el especialista.

Desde la evolución humana, responder con rapidez ante señales sonoras intensas aumentó las probabilidades de supervivencia frente a depredadores o amenazas ambientales. Hoy, los sistemas de alerta aprovechan ese mismo mecanismo biológico.

¿Qué provoca?

El sonido intenso y desagradable puede generar emociones de alerta, incertidumbre, temor, angustia, ansiedad e incluso pánico en algunos casos. El cuerpo responde de inmediato: el corazón se acelera, los músculos se tensan, las pupilas se dilatan y el organismo se prepara para la acción.

Aunque se trate de simulacros, como los que se realizan en la Ciudad de México, el cuerpo reacciona. Muchas personas experimentan angustia anticipatoria o un estado de estrés intenso, especialmente si han vivido sismos previos.

En algunos casos, quienes sufrieron experiencias traumáticas, como los sismos de 1985 o 2017, pueden presentar síntomas asociados al estrés postraumático, como recuerdos intrusivos, evitación o hiperactivación.

“Claro que causa temor e incertidumbre, pero el desafío es cómo manejamos ese miedo. Si tenemos la capacidad de regularlo, estamos mucho más preparados para enfrentar un sismo que si no lo estamos”, afirmó Flores Morales.

Desde la perspectiva de protección civil, esta activación fisiológica no es un error del cuerpo, sino un mecanismo que favorece la respuesta rápida. El objetivo es canalizar esa reacción hacia conductas organizadas: mantener la calma, identificar rutas de evacuación y seguir los protocolos previamente ensayados.

¿Cómo reaccionan?

Cada persona reacciona de forma diferente por múltiples factores: rasgos de personalidad, experiencias de vida, antecedentes familiares e incluso vivencias en la infancia.

Es decir, cada individuo tiene una historia propia y, dependiendo de ella, responderá frente al mundo y, en este caso, ante la alerta sísmica.

Cuando se presenta un ataque de pánico intervienen elementos psicológicos y sociales. No aparece “de la nada”: suele estar vinculado a experiencias previas, memorias traumáticas o estados prolongados de ansiedad.

Es natural que surjan este tipo de respuestas tras haber vivido un evento traumático. Se trata de una reacción de supervivencia: la persona puede pensar “ya viví esto y debo protegerme”.

Ataque de pánico

En algunas personas puede desencadenarse un ataque de pánico: un episodio de miedo intenso, desproporcionado y difícil de controlar, acompañado de síntomas físicos como taquicardia, sudoración, sensación de ahogo o mareo.

Se requieren técnicas de respiración y regulación emocional y, en ciertos casos, acompañamiento terapéutico para manejar estas reacciones. “Las experiencias preexistentes condicionan la intensidad del pánico”, explicó el académico.

Cuando el sonido activa la amígdala para que el cerebro ponga atención, la respuesta es automática y no completamente racional. Es un mecanismo de supervivencia que antecede al análisis consciente.

¿Qué hacer en estos casos? De acuerdo con el especialista, en situaciones de exposición traumática la terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser eficaz. Este enfoque permite una exposición gradual y controlada al estímulo desagradable —en este caso, la alerta sísmica o la idea de un sismo— para disminuir la respuesta desadaptativa.

Este tipo de reacción no sólo ocurre ante fenómenos naturales, sino también frente a experiencias de violencia, como secuestros o agresiones. En todos los casos, el cuerpo aprende a asociar ciertos estímulos con peligro y responde en consecuencia.