Cultura

Francisco Tario, un fantasma que no ha dejado de publicar

Omar Páramo

Hace más de 30 años, en un taller de cuento, el escritor Alejandro Toledo se encontró con Francisco Tario y sus relatos y desde entonces este autor se volvió una constante en su vida, al grado de que hoy lo considera un fantasma que deambula a su alrededor y que de vez en cuando le entrega páginas que mecanografió en su vieja máquina Remington, pero que jamás publicó.

 

Y esto que podría parecer una licencia literaria en realidad describe el trabajo de Toledo a últimas fechas, pues el también periodista se ha dedicado a revisar todos los documentos que el narrador dejó abandonados en baúles y cómodas, e incluso ha hurgado en lo que fuera la biblioteca tariana con el único propósito de compilar, finalmente, unas Obras completas que merezcan llevar ese nombre.

 

A fin de compartir sus experiencias como arqueólogo de las letras, Toledo inauguró el II Coloquio Internacional de Literatura Fantástica: La Narrativa Fantástica Mexicana a las Puertas del Mictlán, organizado por la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM, donde compartió que no fue empresa fácil rastrear tantas páginas pérdidas y que, de hecho, quienes lo intentaron antes se dieron pronto por vencidos. “Eso explica por qué los llamados Cuentos completos, a decir verdad, están muy incompletos”.

 

En el salón Leopoldo Zea de la Torre II de Humanidades, Toledo se negó a llamar a su intervención conferencia magistral —pese a que así estaba anunciada en el programa— y prefirió ponerle el mote de “conversa-Tario”, para aprovechar la presencia del pintor Julio Farell, hijo de Francisco Tario, y a partir del diálogo entre ambos, dibujar un mejor retrato de este personaje.

 

Un hombre que murió dos veces

 

El protagonista del cuento La noche de los cincuenta libros confiesa: “Escribo, escribo sin cesar a todas horas, aunque ya soy viejo”, y con esta oración Francisco Tario parecía describirse a sí mismo, pues como recordó su hijo, Julio: “Para papá escribir equivalía casi a hablar, escribía todo el tiempo y lo escribía todo”.

 

Al evocarlo, lo primero que viene a la mente de Farell son los 1.85 metros de altura de su padre, sus ojos color celeste y su amor desmedido por la noche, al grado de que su primer libro de cuentos (1943) se titula justo así, La noche, y las piezas que más gustaba de tocar en su piano Steinway & Sons eran los nocturnos de Chopin.

 

“Su otra gran pasión era la escritura y por ello anotaba en cuadernos hasta los más mínimos detalles de la cotidianidad, desde cómo fueron sus días como portero profesional en el equipo de futbol Asturias hasta cómo sobrellevaba su fibrilación auricular, las indicaciones médicas y las dietas y fármacos para paliarla”.

 

Por eso, para él, como hijo, la señal más clara de qué tan afectado quedó Tario con el deceso de su compañera de vida, Carmen, fue que desde su funeral se negó a escribir ensayos y cuentos fantásticos. “Él murió dos veces, la primera cuando falleció mi madre, la segunda cuando dejó de latir su corazón”.

 

A decir de Farell, por ello fue doblemente significativo que la única vez que Tario rompió ese mutismo literario fue para redactarle una reseña. “Necesitaba una para una exposición que estaba por montar y sé lo difícil que fue para él arrastrar la pluma de nuevo. Agradezco el texto y aún más que su último escrito haya sido para mí, pero desgraciadamente eso no fue un regreso a las letras porque meses adelante papá dejaría de existir”.

 

Hurgar en la biblioteca del fantasma

 

“Poco conocido en los años 40 y los 50, cuando publicó su obra, hoy Francisco Tario tiene cada vez más público, por lo que he llegado a pensar que su momento no es el pasado sino el presente, y que se trata de un hombre que, en vez de escribir para su época, lo hizo para el futuro”, aseguró Alejandro Toledo.

 

Para el periodista, los relatos de Tario tienen resonancias tan actuales que sus lectores del siglo XXI se sorprenden al saber que muchos fueron escritos hace siete décadas y que el autor murió en 1977, hace justo 40 años; es por eso que no duda en describir al cuentista, en toda forma, como un fantasma.

 

“Yo tengo al espíritu de Francisco Tario alojado en mi casa; lo escucho a ratos tocar al piano algunas piezas de Chopin (…) y como el espectro disciplinado que es, ha seguido escribiendo; a cada tanto me entrega sus textos para que los pase a la computadora”, confesó Toledo en uno de sus libros.

 

Sin embargo, en este punto la historia sucedió al revés, pues en realidad fue Toledo quien se fue a meter a la casa de Tario, o a lo más parecido que puede haber hoy, es decir, a la de Julio Farell, quien además de ser su vecino en la colonia Narvarte se ha vuelto su amigo y le ha permitido hurgar en los libros de su padre.

 

“Ambos llamamos a esa colección la biblioteca del fantasma y en ella encontré la primera edición (1940) de la Antología de la literatura fantástica, antologada por Ocampo, Bioy Casares y Borges”.

 

Esto ha hecho que Toledo sospeche de una fuerte influencia del autor de El Aleph en la producción tariana y, además, ve en ello una de las razones más convincentes de por qué su pluma era muy diferente a la de los demás literatos mexicanos de la época.

 

Por su parte, Alejandra Amatto, profesora de la FFyL y una de las coordinadoras del coloquio, señaló en una intervención anterior que la revalorización de la obra tariana no es gratuita, pues se trata de una propuesta pionera en lo fantástico que, al mismo tiempo, es distinta a lo que se hacía en el país.

 

“La tradición de lo fantástico mexicano suele vincularse con lo prehispánico y un ejemplo son los cuentos Tlactocatzine, del jardín de Flandes, de Carlos Fuentes; Tenga para que se entretenga de José Emilio Pacheco, o La culpa es de los tlaxcaltecas, de Elena Garro; pero Tario se desvió por completo de esa faceta e inauguró un tipo fantástico más universal y conectado con una tradición genérica riquísima, con una impronta original y un estilo único”.

 

Quizá si Toledo no hubiera tenido oportunidad de diseccionar la biblioteca tariana persistiría la duda de cómo este autor confeccionó una obra que parece haber sido escrita para el futuro, pese a haber nacido en medio de una burbuja cultural y literaria obsesionada con el pasado.

Es por esto que él considera que haber revisado, título por título, esa colección de volúmenes fue una manera de dialogar con un espectro ya familiar y de preguntarle por aquellos autores que inspiraron su producción, de indagar en un tema complejo pero siempre con esa delicadeza que recomendaba Borges —tan presente en la prosa de Tario— al ser entrevistado en un ya célebre documental de 1978: “Debemos pensar que todas las personas con las que hablamos son fantasmas efímeros y debemos ser más buenos con ellos”.

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