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El movimiento feminista que sólo beneficia a una parte, es un movimiento excluyente

Ariadna Razo/Damián Mendoza

El derecho tiene como base un discurso —producto de la modernidad—que prefigura prototipos específicos de los sujetos, es decir, marca patrones de lo que debe ser un hombre o una mujer, no sólo en su aspecto físico sino también en su rol de género. El problema es que el derecho apela a sujetos abstractos que no corresponden necesariamente con la realidad. En el caso de los varones, se contemplan hombres heterosexuales, blancos, de clase media, con cierta  fuerza de trabajo corporal y con valores que responden, sobre todo, a una fe católica; mientras que a las mujeres se les concibe desde la subordinación, el hogar y la familia, sin dar valor a las actividades que desarrollan las mujeres como cuidado y crianza.

El peligro de este discurso, que omite la diversidad de sujetos y de los contextos sociales, económicos, políticos y culturales, se agrava en el caso del derecho penal, pues como subraya Lucía Núñez Rebolledo, investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG), se trata de un discurso ético amenazante, que norma el comportamiento y que al imponer un “deber ser” establece penas o sanciones que no corresponden a realidades tan diversas como las que se enfrentan en un país como México.

En el caso particular de las mujeres, la especialista en género advierte: “tenemos que analizar cómo se está nombrando, desde el propio feminismo, a la mujer. Aunque en los últimos treinta años hemos intervenido al tratar de introducir una mirada femenina en el derecho, se recae en la misma contradicción, ya que siempre se piensa en una mujer urbana, blanca o mestiza de clase media; entonces, las normas, que son batallas ganadas o ‘victorias del feminismo’, solamente benefician a quienes responden a estas características sociales porque no se pone atención a mujeres indígenas, afromexicanas o a mujeres de clase desfavorable, que son más precarizadas”.

Delitos como el acoso o el abuso están contemplados para escenarios urbanos y contextos de trabajo o escuela; incluso la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia no logra objetivar violencias específicas que se derivan de la raza, etnia o clase social. A decir de la especialista, no se puede continuar con un trabajo teórico que no recoja la experiencia de todas, “ya no es suficiente la categoría de género o la violencia de género como único eje de análisis, se trata de tener una perspectiva que cruce otras desigualdades y un análisis de los contextos en los cuales se cometen los delitos”.

En el caso de las mujeres infractoras, el peso de la ley es más incisivo; generalmente la tipificación penal está pensada para proteger a quienes cumplen con el rol de género. Se criminaliza a las mujeres que no cumplen con el estereotipo de la “buena mujer”, como aquéllas que salen de noche, porque son trabajadoras sexuales, porque tienen un amante, porque fueron abusadas sexualmente cuando se encontraban alcoholizadas, porque no denuncian en el momento. Éstas no merecen justicia. Se reproduce la idea de “la buena víctima”, aquella mujer que sí cumple su rol de género, socialmente irreprochable, y merecedora, ésta sí, de justicia y atención.

Para avanzar en materia de derecho es necesario sumar las voces de todas, no sólo de las académicas o mujeres con mayor formación, “los otros feminismos hacen un reclamo al feminismo hegemónico blanco, de clase media, que solamente considera lo que les conviene y beneficia; por ejemplo, las mujeres con menos recursos saben muy bien que más penas, más policías, más militares, más tipos penales no les beneficia en nada, pues dada su condición de clase y raza se les violenta más, porque el derecho penal es clasista, sexista  y opera de esa manera”. Por este motivo, subraya Lucía Núñez, es necesario concebir a la ley como una política pública, y en consecuencia, trabajar para que contemple la diversidad de roles y escenarios en los cuales se desenvuelven todas la mujeres. “El feminismo debe ser crítico, no podemos quedar en el confort de lo que ya avanzamos, porque no hemos acabado con la violencia y nada justifica esa violencia”, concluye.

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