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El Giro y el miedo a la bici

Jimena Rivera*

Hace unos días se celebró en Turín la centésima cuarta edición del Giro de Italia, la ciudad piamontesa fue la primera de las 21 etapas que componen la competencia que se lleva a cabo en el mes de mayo desde 1909 en su versión masculina.

El sábado fui testigo de la tercera partida más veloz en la historia de la competencia, ganó en casa la “maglia rosa” el piamontés Filippo Ganna, con una media de 58.748 km/h con la que corrió los 8,6 kilómetros del circuito que partía de plaza Castello.

Fue una suerte que después de una tímida y nubosa primavera, el sábado pudiéramos disfrutar de un día soleado que invitaba a la gente a participar en un evento tanto esperado por la comunidad de ciclistas.

Admito que durante los años que viví en la CDMX, la bicicleta no formó parte de mis principales medios de transporte, es más, tengo en alta estima a quienes a pesar de todos los riesgos que puede representar la bici en una ciudad como la nuestra, la usan cotidianamente.

Tenía tanto miedo de usarla, que aunque pagué la suscripción al servicio de sharing de la ciudad, lo usé apenas un par de veces… la conocía desde siempre, la usaban tíos, mi padre, mi hermano, ex parejas, incluso cuando mi marido empezó a aficionarse pensé que se trataba de algún tipo de maldición.

Con la pandemia, muchos buscamos medios alternativos al transporte público para poder movernos. Empecé a caminar más, pero mi naturaleza retardataria pronto me mostró las desventajas de este sistema. Pensé en la cuestión no resuelta de la bici y busqué una que se acomodara a mis necesidades, después de batallar con la bicicleta de montaña y su estructura que no me resultaba del todo amigable, encontré una “bici de ciudad” que me hizo sentir por primera vez dueña de la calle.

Desde entonces sólo podía contar las ventajas de usar la bici como principal medio de transporte. No extraño que en el metro o el autobús el cubrebocas me empañe los lentes o buscar estacionamiento cuando vamos en auto.

Durante este periodo particular, donde socializar es tan difícil, la bicicleta se ha convertido también en un pretexto para hacer ejercicio y encontrarte ciclistas buena onda en el camino.

Después de la salida de los primeros ciclistas del Giro, junto con mi pareja aproveché para pedalear en los espacios verdes de la ciudad. Con el éxtasis de la competencia, nos encontramos varios grupos de ciclistas amateur en uniformes y bicis profesionales, otros con bicis rescatadas del fierro viejo, triciclos, monopatines, … el movimiento era la orden del día.

Cerca del final de la competencia, regresábamos a casa al lado del río Po sobre un carril para ciclistas. Vimos que un niño de unos seis años venía hacia nosotros en sentido contrario a toda velocidad y como pudimos, frenamos, pero el pequeño derrapó y cayó. No sé cómo se llenó de hojarasca y tierra hasta la espalda, escuché que su padre venía gritando a lo lejos en bicicleta.

Cuando llegó, se acercó para gritarle, que debía tener más cuidado, que apenas habían salido de casa. Ni siquiera tomaba aire. El niño, tirado en el piso. Estaba entre los gritos del don que me ponían nerviosa y las ganas de levantar al niño, decirle que no era su culpa, que cuando uno rueda, esas cosas pasan.

Levanté la pequeña bici, se la di al padre, que sólo hizo pausa en el regaño para darme las gracias, después levanté con mucho cuidado al niño, mientras le preguntaba si estaba bien, lo tomé un poco apenada, pensé que no debía tocarlo una extraña, pero las palabras de su padre parecían pegarlo al suelo.

Busqué su mirada y con sorpresa vi que estaba enojado, ni una lágrima, afortunadamente estaba bien.

Seguimos nuestro camino, coincidimos con el final de la etapa de ese día del Giro, y vimos varios de los autos que cargan las bicis y cámaras que siguen a los ciclistas, como sorpresa extra del día, cruzamos camino con el número 168 de la competencia sobre avenida Reina Margarita y le dije a Toño: “síguelo”, mientras yo me quedaba inevitablemente atrás.

Después de una llanta ponchada, llegamos por fin a casa. Esa noche después de la cena seguí pensando en la mirada de enojo del niño. Comprendí que el enojo es una emoción que (a muchos de nosotros) nos enseñan los adultos para lidiar con nuestras emociones complicadas, vergonzosas y primitivas.

Desee que el pequeño pudiera algún día vivir sus emociones sin filtros ni estereotipos, llorar si hace falta, sentir miedo, vergüenza, dejar de ser el espejo de los adultos que nos rodearon en los años tiernos, sentirnos, para no destruirnos. Sentir la misma libertad y agilidad que me tomó tanto tiempo experimentar sin miedo a caerme, porque cuando uno rueda, esas cosas pasan.

*Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

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