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El escenario adverso de la pandemia COVID-19 y la oportunidad de construir una comunidad resiliente

Dra. Karla Salazar Serna

Justo cuando en diferentes partes del mundo las fiestas decembrinas estaban por comenzar, en la provincia de Wuhan, China se identificaban los primeros casos de una nueva cepa de coronavirus que nunca había sido encontrada en el ser humano, la cual ocasiona un síndrome respiratorio agudo severo hoy mejor conocida como SARS-CoV-2 (COVID-19). Para principios de febrero, se registraban cerca de 80 mil casos de COVID-19 y 2,800 decesos en este país asiático. Rápidamente se extendió de manera global causando diferentes estragos y provocando una de las crisis sanitarias más desafiantes que la humanidad ha enfrentado en los últimos 100 años. En países como Italia, España y Francia comenzaron a identificar los primeros casos, pero pronto los casos se multiplicaban en otros países del continente africano, americano, asiático y europeo. El 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud (OMS) anuncia que existían más de 118,000 casos en 114 países y 4,291 personas que habían perdido la vida, ante esa situación declararon al COVID-19 pandemia global.

Los números siguieron multiplicándose, los escenarios extranjeros mostraban la fragilidad de la condición humana y se comenzaba a generar miedo ante un inminente virus del cual no existe vacuna. Uno de los países que reflejó con mayor intensidad el escenario adverso fue Italia, que hasta fines del mes pasado registró 204 mil casos de personas infectadas y aproximadamente 27 mil 500 decesos. Pronto se dio a conocer el drama social que estas cifras significaban: las diferentes soledades; los diversos grados de vulneración; las muertes sin despedidas; la nula posibilidad de auxiliar los procesos de duelo a través del rito funerario; entre otras desafortunadas experiencias. Imágenes que sabíamos pronto se dibujarían en nuestro territorio nacional, y sólo existía la esperanza de que no se reprodujeran a una escala semejante.

Semanas más tarde, México registraba los primeros casos y para el 18 de marzo ocurrió el primer deceso. Las noticias falsas comenzaron a inundar diferentes medios y redes virtuales de comunicación, generando estrés individual y en algunos casos colectivo, lo cual logró mitigarse ante las denuncias sociales del origen de las llamadas fake news, los constantes mensajes para generar calma realizados por el gobierno federal y la información oportuna y fundamentada en datos científicos. A finales del mes de abril, se registraban en el país 19,224 casos de COVID-19 y 1859 decesos.

La COVID-19 ha evidenciado la poca o nula capacidad de muchas naciones para enfrentarlo, hemos sido testigos de la exposición de instituciones salud deteriorados por el descuido y la poca inversión o la accesibilidad privilegiada debido a su privatización. La estrategia más efectiva para las diferentes poblaciones radica en el resguardo en casa, la sana distancia y el lavado frecuente de manos. De esta manera, la alternativa más afectiva la tienen los ciudadanos de las diferentes poblaciones mundiales para frenar el desastre. Dado lo anterior, es comprensible sentirse vulnerable y por ende sentir miedo.

No obstante, sentir miedo no debe ser un hecho nocivo, el miedo facilita tener un balance sobre “nuestra situación” y por tanto puede detonar acciones preventivas, pero si éste se vuelve pánico nos puede inmovilizar, incluso puede llevarnos a la posibilidad de quebrantar el sentido comunitario. Es importante detenernos y reflexionar sobre las dinámicas que permiten extender el miedo hasta su desborde. Debemos de tener cuidado de no atormentarnos bajo situaciones que aún no suceden y evitar agobios colectivos, hay que reflexionar sobre las necesidades que tenemos en conjunto, identificar nuestras fortalezas más que diagnosticar nuestras debilidades. El mundo ha cambiado, y es nuestra oportunidad para generar transformaciones donde el individualismo ya no tiene cabida.

Actualmente, en menor o mayor medida todos vivimos un escenario adverso, acorde con los pronósticos realizados anunciados por estudiosos mundiales en materia política, social y económica, esta adversidad apenas comienza. Los diferentes desafíos que se enfrentan no son un secreto para nadie; sin embargo, aún se desconocen las dimensiones de su impacto futuro. Además, es casi imposible no pensar en ello cuando nuestra principal estrategia de sobrevivencia es el confinamiento y la mente encuentra oportunidades para pensar sin la distracción de las dinámicas sociales a las que estábamos acostumbrados.

El confinamiento no es una medida fácil, por un lado, recordemos que los individuos tienen un especial anclaje al mundo cotidiano, donde la interacción social, las experiencias compartidas, los significados de los oficios, profesiones, ocupaciones laborales, educativas y de convivencia se tejen de forma relacional, son una necesidad que dan un significado a la vida. Por otro lado, no toda la población tiene el privilegio del confinamiento en sus hogares, su sobrevivencia depende de una economía construida día con día, y su exposición de contagio es una alerta constante.

Pero, ante este escenario impuesto por la COVID-19 ¿cómo poder enfrentar esta adversidad? ¿Cómo podemos reforzar un sentido comunitario y fortalecer vínculos que nos permitan hacer frente a estos escenarios? Desde mi experiencia como investigadora social, puedo decir que aun en los escenarios de verdadero horror pueden surgir pilares para construir caminos que permitan sobrellevar la adversidad y transformar el daño. A este proceso se le llama resiliencia, al respecto, Boris Cyrulnik (2001) la definió como un proceso que implica factores internos y externos para lograr un desarrollo después de un hecho traumático, el cual permita sobrellevar la adversidad.

La resiliencia no es un proceso absoluto, es más bien relativo pues depende del equilibrio dinámico de factores personales, familiares y sociales. La resiliencia también implica una progresión evolutiva que responde a nuevas vulnerabilidades, como la que vivimos ahora a causa de la pandemia. Entre los componentes esenciales de la resiliencia se encuentra la capacidad de rehacerse y resistir, el sujeto expresa su capacidad de afrontamiento, fortaleza, de lucha frente a la destrucción; es decir, se repone del dolor, la desesperanza, la angustia, la depresión y demás secuelas del evento traumático, para resurgir fortalecido (Hoyos, 2014). Lo que permite visualizar a la resiliencia como una posibilidad para la construcción de una nueva forma de concebir, conceptuar y permitir “ser” a una persona que vive adversidades. En esencia, se trata de lograr una nueva visión del mundo con innumerables posibilidades (Quiñonez, 2007).

El teórico francés Boris Cyrulnik, uno de los mayores exponentes de los procesos de resiliencia y sobreviviente del holocausto, ha mostrado a través de sus estudios que ante la adversidad tenemos dos opciones: sobreponernos o someternos. Si decidimos sobreponernos, es importante conocer y re-conocer cuáles son los desafíos y obstáculos que se enfrentan; hay que identificar con claridad cuáles son los problemas reales. En este sentido, es preciso analizar los problemas de forma objetiva bajo el contexto individual y social que ha generado la COVID-19, para establecer estrategias de acción que permitan contrarrestar sus repercusiones. La actitud que desarrollemos ante la adversidad determinará si nos sometemos o nos sobreponemos a través de procesos creativos frente a ella. El desarrollo resiliente ocurre a través de un proceso de transformación, el cual permite cuestionar determinismos lineales asignados a quienes viven una situación adversa. Es decir: una desgracia no determina un destino. Y ésta es la primera tarea reflexiva por quienes desarrollan resiliencia.

La resiliencia se teje en forma relacional y narrativa, a través de un razonamiento narrativo se descubren las posibilidades de autorrestauración y crecimiento en la adversidad (Cyrulnik, 2001). Los lazos relacionales que unen a las personas permiten caminar hacia trayectorias compartidas y fomentan razonamientos de coherencia, colaboración, eficacia y confianza para afrontar las dificultades. Ante la pandemia es necesario construir interpretaciones sobre cómo la estamos viviendo, intercambiar con los otros cómo la viven ellos; en este sentido, será posible un intercambio de ideas y experiencias que permitirán establecer análisis estratégicos para enfrentarla.

En concordancia con los estudios de Boris Cyrulnik los factores relacionales que se identifican para promover la resiliencia son: flexibilidad (donde se pueda procesar un cambio para encarar nuevos retos); claridad (poder compartir información clara acerca de las crisis situacionales y las expectaciones futuras); expresión emocional (que se refiere a la importancia de no guardar emociones y compartir sentimientos sin emitir juicios); y la colaboración en la resolución de problemas. De acuerdo a mi experiencia en investigación, he podido comprobar que el sentido relacional de resiliencia ocurre cuando existe un reconocimiento en conjunto sobre la posibilidad de transformación, resistencia y crecimiento bajo condiciones adversas. Además, es importante que quienes integran el grupo o la comunidad contemplen el contexto bajo la expectativa de encontrar recursos y estrategias que favorezcan procesos, donde se priorice el análisis de las fortalezas grupales y se incida en su potenciación, disminuyendo así las debilidades.

Acorde con Granada (2018) la resiliencia que se genera en la comunidad tiene una estrecha relación con la inteligencia colectiva, esta última es entendida como la capacidad generativa para producir nuevas prácticas sociales y de entornos de protección, que minimizan el caos frente a la adversidad y ofrecen entornos de confianza. Acorde con esta autora, la resiliencia comunitaria hace uso del conocimiento en el contexto apropiado, a través del engranaje de saberes para la resolución de problemas y el cuidado de la vida. En este sentido, se enfatiza que las acciones de solidaridad en situaciones de necesidad generan mayores capacidades grupales para procesos resilientes.

Las acciones humanitarias en medio de esta pandemia se convierten en una esperanza que generan alternativas tangibles de resiliencia. Por ejemplo, las acciones que el gobierno cubano y su comunidad de médicos y enfermeros han realizado para enfrentar la pandemia en diferentes países y la hospitalidad del pueblo de Cuba para dar recepción y atención al crucero británico M. S. Bremar (en medio de la pandemia y ante la negación de auxilio de otras naciones), son un ejemplo de organización humanitaria solidaria que dio esperanza al mundo. Sin duda, estos son los mejores tiempos pare reflexionar sobre diversas lecciones colectivas que ocurren nivel mundial y nacional para combatir las implicaciones de la pandemia.

Es importante puntualizar que la comunidad de trabajadores del sector salud a nivel mundial, son el ejemplo humanitario y resiliente más poderoso del cual podemos hacer referencia frente a esta pandemia. Sin embargo, existen acciones de las cuales no podemos sentirnos orgullosos y que sólo evidencian ignorancia y miedo mal manejado, ejemplo de ello son los actos de violencia que algunas personas dirigieron a trabajadores del sector salud, acusándolos de propagar el contagio, los cuales fueron suscitados durante las últimas semanas en México. No obstante, es preciso evidenciar que, pese a la gravedad de estos lamentables hechos, no deben caracterizar a la sociedad mexicana, ni afectar su ánimo solidario, pues existen muchos ejemplos de acciones colectivas resilientes, de las cuales podemos tomar referencia, que han sido ejemplos valiosos de nuestra historia contemporánea. En otras palabras, debemos dar peso social a acciones colectivas propositivas y no permitir la desmoralización y la pérdida de confianza. Para insistir sobre esto último, repito las palabras de Vergely:

“Un ser humano que nos agrede puede hacernos dudar de la humanidad. Pero un ser humano que viene a sostenernos puede restaurar nuestra relación con la humanidad” (Vergely, 2003:56).

Expuesto lo anterior, es importante que frente a los eventos desafortunados que ha generado la COVID-19 desarrollemos pensamientos optimistas como un hábito, creer en el ser humano, tener confianza en el sentido de humanidad, ver la vida como un proceso y reconocer la adversidad como parte del ciclo vital, tener una dimensión ética de la supervivencia por lo que es preciso contemplar el bienestar colectivo, dar sentido y significado a la adversidad.

Hay que considerar que los escenarios actuales que ha generado la pandemia están sujetos a una constante transformación, que los individuos, grupos, familias, comunidades y sociedades tienen diversas formas de reaccionar ante éstos. Por ello, la existencia de recursos comunitarios, y el hecho de que las personas y las familias se dispongan a utilizarlos, es una oportunidad para incidir de forma favorable en los procesos de resiliencia que en nuestro presente son una necesidad ineludible.

Bibliografía

Cyrulnik, B. (2015). Las almas heridas. Barcelona: Gedisa.

– (2008). Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida. Barcelona: Gedisa.

– (2001). La maravilla del dolor. Barcelona: Gedisa.

Granada, P. (2018). La resiliencia comunitaria como expresión de la inteligencia colectiva. La capacidad re-generativa de los colectivos humanos en las prácticas de protección de la infancia en contextos de adversidad. En: Simpson, M; Munist, M; Cruz, E; Klotiarenco M; Klasse, E. y A. Melillo. Resiliencia comunitaria (pp. 191-211). Buenos aires: Dunken.

Hoyos, C. (2014). Hermenéutica de la violencia en víctimas de secuestro. En el marco de las nuevas concepciones restaurativas. Medellín: ediciones UNAULA

Quiñonez, M. A. (2007). Resiliencia. Resignificación creativa de la adversidad. Departamento de Caldas: Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Vergely, B. (2003) Enfoque filosófico de la resiliencia. En: Cyrulnik, Boris; Tomkiewicz, Stanislaw; Guénard, Tim; Vanistendael, Stefan; Manciaux Michel y otros. El realismo de la esperanza. Testimonios de experiencias profesionales en torno a la resiliencia (pp. 51-67). Barcelona: Gedisa.

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