Reportaje

Donar tu cuerpo a la UNAM puede salvar vidas

Omar Páramo / Erick Noxpanco
Tomar la decisión no es fácil, por ello la UNAM otorga citas informativas —presenciales, por zoom o teléfono— a fin de resolver y calmar inquietudes. Como Mabel o Vania, quienes decidieron donar su cuerpo a la Universidad de la Nación.

Como tanatóloga, Mabel Villazán sabe que pocas cosas hay tan difíciles como hablarle a un niño de la muerte de su madre o padre; “muchos colegas rehúyen a estos pacientes; yo no”. Haber desarrollado en el consultorio esa delicadeza argumentativa tan propia de quienes abordan temas difíciles le fue de utilidad hace poco, cuando le planteó a su familia que, cuando ella muera, desea que su cadáver sea llevado a la Facultad de Medicina (FM) para que sirva a alumnos y profesores en sus prácticas e investigaciones.

“A mi hijo no le gustó la idea, pero al final dijo: si así lo quieres, ¡adelante, mamá!”, comenta la psicóloga al tiempo que saca de un sobre de papel kraft los papeles que la acreditan como una de las tres mil 800 personas integrantes del Programa de Donación de Cuerpos (PDC) de la UNAM.

Para Diego Pineda Martínez, responsable de la iniciativa, es muy importante –y lo más ético– que la gente manifieste en vida su voluntad de entregar sus restos a la ciencia, ya que ello, amén de evitar malentendidos y desencuentros familiares, garantiza el avance del conocimiento. “Siempre lo he creído: es mejor ensayar en un cadáver que con los pacientes”.

El PDC nació en 2016. Antes, los cuerpos diseccionados en la FM provenían de las morgues y casi siempre se trataba de individuos no identificados o no reclamados por su parentela, los cuales eran prestados por un lapso no mayor a un año con siete días: luego debían ser devueltos. “Esto nos limitaba mucho; con frecuencia hallábamos algo en nuestras investigaciones y de pronto debíamos parar para no exceder los muy estrictos tiempos legales”.

Además –añade Pineda– con la entrada en vigor de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada, el 17 de noviembre de 2017, este tipo de cadáveres dejaron de ser entregados a las universidades, pues como se señala en su sección cuarta, artículo 128: Los restos cuya identidad se desconozca o no hayan sido reclamados no pueden ser incinerados, destruidos o desintegrados ni disponerse de sus pertenencias.

“De no haber contado con el Programa de Donación de Cuerpos las actividades docentes de la FM se hubiesen visto muy afectadas a partir de 2018 y hubiésemos tenido que recurrir a maniquíes o a simuladores para instruir a los alumnos, lo cual no es lo mismo. Nada puede sustituir a lo real.”

Por ello Mabel Villazán se siente muy orgullosa de su decisión y siempre carga consigo su tarjeta de donante, la cual en su revés tiene impreso el siguiente texto: A mi familia, es mi voluntad que a mi fallecimiento sea entregado mi cuerpo a la Facultad de Medicina para contribuir en el desarrollo e impulso de la docencia e investigación en México.

“Eso despeja cualquier duda de qué hacer conmigo el día de mi muerte, la cual esperemos tarde mucho en llegar”, bromea la tanatóloga, no sin antes aclarar que, para ella, esto se trata de un acto sumamente espiritual.

“Y aclaro que cuando menciono la palabra espiritualidad no aludo a algo religioso; un ateo también puede ser alguien de mucho espíritu. A lo que me refiero es a esa cualidad tan humana de ligarnos unos con otros. Si al permitir que investiguen con mi cadáver logro que alguien aprenda o que un enfermo salve su vida, ¡entonces qué manera más hermosa de trascender!”

Plantar semillas para cultivar bosques

El logotipo del PDC de la UNAM es un árbol con follaje verde y azul, cuyo tronco está formado por una figura mitad masculina, mitad femenina con brazos y piernas extendidos que, además de fungir como ramas y raíces, emulan al muy renacentista Hombre de Vitruvio.

“¿Por qué un árbol? Para transmitir el verdadero sentido del programa, pues esto se trata de vida, no de muerte”, explica Diego Pineda, quien también es el jefe del Departamento de Innovación en Material Biológico Humano de la FM, una división académica que tiene grabada justo a la entrada de sus instalaciones la frase latina: Hic locus est, ubi mors gaudet succurrere vitae (‘aquí es donde la muerte disfruta ayudando a la vida’).

Aunque al principio se creía que los inscritos en el PDC serían universitarios jóvenes, la realidad se mostró muy diferente. Si se revisan los registros es notorio que la mayoría de los donantes sobrepasan los 50 años y que, entre ellos hay de todo: gente con más de un posgrado, licenciados, pasantes e incluso personas sin formación profesional.

“Podríamos agruparlos en tres sectores: quienes donarán su cuerpo a la FM por sentirse muy pumas, los que no estudiaron aquí, pero confían en nosotros y los que hicieron examen de ingreso y fueron rechazados. Estos últimos suelen decir, a manera de chanza, que finalmente vieron una oportunidad para quedarse en la UNAM y que no la desaprovecharán.”

Sobre las razones que tienen los veinteañeros y treintañeros para no sumarse con la facilidad con que lo hacen individuos de más edad, Pineda considera que esto se debe a que pensar sobre la muerte propia genera incertidumbres y hasta miedo, por lo que el PDC cuenta con un equipo de especialistas y abogados capacitados para responder a cualquier pregunta que pudiesen tener los indecisos, como “¿si soy donador de órganos aún puedo donar mi cuerpo?” (la respuesta es sí) o quizá la más importante de todas: ¿y una vez fallecido, ¿qué va a pasar conmigo?

“Aquí se les explica que pueden legar sus restos a perpetuidad o por unos años, que los trataremos con el mayor respeto y que apoyaremos a los deudos con el trámite del acta de defunción. También les aclaramos que, en caso de optar por un préstamo temporal, al concluir el lapso pactado le devolveremos a la familia las cenizas de su muerto, por si esto les ayuda a cumplir con sus creencias religiosas o a llevar de mejor manera el duelo”.

La idea original en el PDC era crear un memorial, el cual consistiría en plantar un árbol por cada occiso recibido (de ahí su logotipo), idea que no se ha podido concretar por la pandemia y por la imposibilidad de conseguir un terreno lo suficientemente amplio como para albergar una pequeña foresta con la esperanza de que algún día se transforme en bosque.

“Aún no descartamos eso, aunque por ahora hemos tenido que buscar otra forma de honrar a los donantes, como con ceremonias”. De todas formas la intención original, y su simbolismo, siguen ahí, pues a decir de Pineda, cada persona que dona su cuerpo a la ciencia –aún sin saberlo– está sembrando una semillita de interés y consciencia entre sus cercanos.

“Son ya tres mil 800 las personas firmantes y el número va en aumento”, refiere el académico, quien considera que, si vemos al PDC como a un árbol, esos números son evidencia de que sus raíces ya son fuertes, que sus ramas seguirán creciendo y que podemos desde ya cosechar sus frutos.

Ayudar es también un credo

¿En qué creen los no creyentes? ¡En la ciencia!, afirma Vania Nuche, quien además de ser locutora y productora radiofónica, hace no mucho decidió sumarse al PDC, tras la muerte de su padre por negligencias al tratarlo contra el cáncer. “¿Y si sus doctores hubieran estado mejor preparados? “No soy religiosa, por lo que si mi cadáver ayuda a que haya médicos mejor preparados en vez de ser sometido a misas y rituales, yo prefiero donar”.

La joven se enteró de esta iniciativa muy de mañana, cuando trabajaba en el matutino Primer movimiento de Radio UNAM e invitaron a Pineda a hablar del proyecto. “Nunca pensé que yo, como comunicadora, colaboraría al avance científico, pero esto es algo que podemos hacer tú, yo, todos, sin importar la formación”.

Desde entonces, cada que es pertinente, ella suele platicar del PDC con quien quiera oírla, sin afán de convencer a nadie, mas sí planteando los beneficios de que cada vez más personas se unan. “En su momento les comenté de esto a mis padres y los dos se inscribieron, sin saber que papá fallecería poco después, hace casi tres años ya”.

Por lo mismo, Vania sabe muy bien qué sucederá con ella cuando fallezca: está consciente de que uno de sus familiares se pondrá en contacto con la FM para que una ambulancia recoja su cuerpo y lo lleve a CU, que ahí sus restos serán aprovechados para investigación y práctica médica y que, al concluir el tiempo estipulado, la Facultad la cremará y devolverá las cenizas a sus deudos. “Lo sé porque así nos entregaron de regreso a papá”.

A decir de Pineda, estudiar cuerpos como el del señor Nuche abre las puertas para entender de mejor forma cómo progresó su cáncer y avanzar hacia mejores formas de tratar esa enfermedad. “Asimismo, tener acceso a cadáveres donados nos permite conocer más sobre la evolución de muchas enfermedades crónico-degenerativas o identificar características anatómicas propias de la población mexicana”.

Hace poco Vania recibió un reconocimiento –en nombre de su padre y de parte de la Facultad de Medicina– por aportar al avance del conocimiento médico en México, algo que la comunicadora considera un tanto inesperado y un mucho inevitable. “Recuerdo a mi padre como alguien siempre generoso, y lo siguió siendo después de su muerte”.

A fin de continuar el ejemplo paterno, Vania ya ha hablado con sus conocidos de su decisión y les ha dado instrucciones sobre qué hacer con ella cuando fallezca. “Mi familia es católica y les preocupa no tener un lugar en el cual rezar por mí, por eso decidí donar mi cuerpo por dos años. Si no fuera por ellos lo hubiera hecho a perpetuidad”.

Ante los cuestionamientos acerca de su decisión Vania ya tiene una respuesta contundente: “Participar en el PDC implica renunciar al egoísmo para hacer que la medicina progrese. Ésta es una manera de apoyar a la ciencia y a los médicos en formación. Suelo decir que no soy creyente, pero no es del todo cierto: creo mucho en la posibilidad de ayudar”.

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