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De la Inquisición a la censura de medios digitales

Fernando Guzmán Aguilar

La Inquisición (el Tribunal de la fe en la Nueva España) y la censura católica buscaban sancionar todo lo que no estaba establecido como dogma en la ortodoxia católica, y por eso fueron prohibidos libros o textos, entre los que figuran obras científicas, literarias, religiosas, sediciosas e incluso traducciones o versiones de la misma Biblia.

Sobre los libros prohibidos que el Santo Oficio consideraba que atentaban contra los valores del catolicismo y la Monarquía española en América, los doctores César Manrique Figueroa y Manuel Suárez Rivera, especialistas en historia del libro antiguo, nos dan un repaso histórico.

Temidas y censuradas porque atentaban contra los dogmas y los valores de la religión, figuran obras de autores pre-científicos como Galileo u obras religiosas como el Corán, dice Manrique, del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM (IIB).

Lutero y Calvino eran otros autores prohibidos, agrega Suárez, también investigador del IIB. Como España “era la campeona del catolicismo” y la encargada de su difusión en América, un objetivo de la Inquisición era que la gente no tuviera acceso a las ideas luteranas y calvinistas.

En el siglo XVIII, con las ideas francesas de la Ilustración que atentaban contra la Corona española, se prohibieron también obras de Voltaire, Rousseau y de otros filósofos de la Revolución Francesa.

“Ejemplos de expurgos de libros del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México”. Fotografías: Beatriz López García

Las listas de la prohibición

Desde el siglo XVI —agrega Manrique— había listas de autores y libros prohibidos. La prohibición operaba en diferentes grados: unos textos se censuraban en su totalidad y otros parcialmente, “con algunas pequeñas líneas de texto que tenían que ser expurgadas”.

Por ejemplo, un tomo de la obra Speculum Astrologiae, del astrónomo italiano Francesco Giuntini, es impresionante porque tiene muchas huellas de censura: capítulos enteros tachados con tinta. “Pareciera como si le hubieran pasado una esponja”.

Cada cierto tiempo, la Inquisición actualizaba e imprimía esos índices de libros ordenados alfabéticamente. Como un nuevo índice podía tardar en publicarse 30 o 50 años, se emitían también edictos o carteles “que se pegaban en las calles o en lugares públicos”.

Tales edictos son muy detallados: registran nombre del autor, título de la obra, idioma en que está escrita, “en dónde y en qué esta impresa” y por qué se tiene que censurar y confiscar.

La Biblia, piedra angular de toda la Iglesia católica, figura en esas listas. De por sí inaccesible, por cara y porque no todos sabían leer y menos latín, lengua en que estaba escrita, la lectura e interpretación de la Sagrada Escritura fue —apunta Suárez— una prerrogativa de las elites letradas y canónicas, “porque no era correcto que la gente tuviera en sus manos una cosa tan relevante”.

No sólo las traducciones de la Biblia de Calvino y de Lutero a lenguas vernáculas como el alemán estaban prohibidas, sino obras como La Celestina, de Fernando de Rojas, que muchos hemos leído desde la secundaria, agrega Manrique.

En el Índice de 1559 figuran La Celestina y la segunda parte de la obra picaresca El lazarillo de Tormes, novelas clásicas que “en su momento causaron molestia”.

Desde entonces, también toda la literatura mística de autores conocidos de la época como Fray Luis de Granada y Fray Luis de León fue censurada.

Los tratados de Galileo, tan controversiales en esa época; la obra de los grandes pensadores de la Francia ilustrada (Rousseau, Voltaire, entre otros); y los escritos que los Insurgentes publicaron durante el proceso de la Independencia de México, entre ellos los Sentimientos de la Nación, eran “vistos con desconfianza” y fueron prohibidos por la Inquisición.

“Ejemplos de expurgos de libros del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México”. Fotografías: Beatriz López García

Censura sin Inquisición

La Inquisición censuró textos en la Nueva España de 1559 a 1820. Sin embargo, apunta Suárez, aunque después de ese año en México ya no existió el Tribunal de la fe, siguió habiendo censura a través de un organismo llamado Jurado de Imprentas. Además, cada obispado tenía una dependencia para esa tarea.

En virtud de un decreto papal llamado Real Patronato, que otorgaba al rey de España la facultad de organizar la Iglesia en América, había un índice hispano que tenía jurisdicción para prohibir libros tanto en España como en sus colonias, entre ellas Nueva España y Filipinas. Pero no era el único índice de este tipo. En el romano, por ejemplo, figuraba la prohibición de El origen de las especies, libro de Charles Darwin publicado el 24 de noviembre de 1859. La idea de que el hombre provenía del simio era completamente inaceptable para la Iglesia católica. Cabe destacar que el índice romano perdió vigencia recién en 1966.

Y no sólo la teoría de Darwin era censurada por el catolicismo. El mismo Carlos de Sigüenza y Góngora fue acusado de hereje “por una frasecita” en el Triunfo parténico (1683). Por lo tanto, desde una frase en un texto hasta una obra revolucionaria como El origen de las especies, todo lo que atentara contra el dogma católico, “algo que no se cuestiona”, era prohibido, insiste Suárez.

A propósito no sólo de Darwin, sino también de Galileo y Copérnico, Manrique dice que, a pesar de que “creemos que se han dejado atrás cuestiones de censura”, en países como Estados Unidos tienen mucho éxito en internet los grupos creacionistas (“creen en la creación del Génesis y no en la ciencia”) y los terraplanistas (“creen que la Tierra es plana”).

Confiscación y cárcel

Suárez comenta que si alguien era sorprendido con algún libro prohibido y tenía suerte, sólo se lo confiscaban, como en el caso de un viandante (vendedor de libros en la calle) que le mostró al inquisidor un tomo con la historia de Felipe II, mismo que figuraba en la lista de libros prohibidos.

En cambio, un caso extremo fue el del arquitecto Melchor Pérez de Soto, en el siglo XVII. Por celos a su trabajo, algunos personajes lo acusaron de practicar astrología judiciaria o de adivinación, y toda su biblioteca fue decomisada. Él fue encarcelado y murió asesinado en los calabozos de la Inquisición.

Ninguno de los libreros, fieles creyentes y en general colaboradores con la Inquisición, comerciaba libros abiertamente prohibidos. Si los descubrían, podían perder su capital, ya que se les confiscaban sus obras.

Lo que sí circulaba en la Nueva España, agrega Manrique, era “mucha folletería”. Durante el siglo XVIII circulaban, pese a estar prohibidos, los panfletos de la Francia revolucionaria. Además, hacía muchos años que ya habían llegado las ideas de la Ilustración. Hidalgo, por ejemplo, las había leído en el Colegio de San Nicolás, ubicado en la entonces ciudad de Valladolid, hoy Morelia.

El edicto de agosto de 1809 contenía toda una lista de textos prohibidos: desde novelas, teatro y obras que “atentaban” contra la moral, como las del Marqués de Sade, hasta folletines o pasquines que incitaban a la sedición. Sin embargo, dichos textos “circulaban ampliamente”.

La gente tenía estrategias para sortear la censura inquisitorial. Hay evidencia, por ejemplo, de que en obras de Voltaire la “V” se cambió a “M” y la “l” a “t”.

 

“Ejemplos de expurgos de libros del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México”. Fotografías: Beatriz López García

Censura, vigente

Finalmente, ambos investigadores del IIB coinciden en que la censura es una acción presente. Por ejemplo, con la guerra Rusia-Ucrania, dice Manrique, ya no se censuran libros pero sí medios digitales: sitios enteros de internet, particularmente occidentales, para que la opinión pública rusa sólo tenga una versión parcial del conflicto.

La censura, agrega Suárez, es un fenómeno inherente al ser humano. Ejemplos de censura hay en todos los momentos de la historia: hoy y hace 500 o 1000 años. El afán por el control de lo que los demás pueden o no saber según la conveniencia de otro sector, casi siempre privilegiado, sigue vigente.

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