Cultura

Cara de liebre, las mujeres vulnerables de Liliana Blum

Daniel Francisco/Andrés Otero
En su más reciente novela retrata el acoso escolar, la violencia contra las mujeres y su búsqueda por librarse de la frase eterna: necesitas un hombre

Cara de liebre, de venganza. El ajuste de cuentas ante el acecho del lobo. Rostro deformado, con las secuelas de una operación en el labio, lista para defenderse de las agresiones, atrapar al abusivo, juzgarlo y dictar sentencia. Irlanda, el personaje de la novela Cara de liebre de Liliana Blum, rememora:

“La niña que fui no podía defenderse. Era incapaz de pensar en una respuesta irónica, afilada, basada en los defectos de sus agresores. La violencia física tampoco era una opción; por lo regular mis enemigos viajaban en manada, como lobos”. Y por eso ahora ella decide el destino de sus perseguidores, elige su castigo y su última respiración.

Liliana Blum señala en entrevista que en pleno 2020 la gente sigue culpabilizando a las mujeres, a la madre adolescente por embarazarse, la chica que asesinaron y violaron por salir en la noche, por vestirse de cierta manera y “en su mayoría son los hombres quienes están cometiendo estos crímenes”.

En Cara de liebre dos mujeres comparten la misma fijación: un hombre con todos los defectos del mundo: “Con su calvicie, su obesidad rampante, sus piernas, brazos y dedos cortitos como los de un enano, el hedor de sus pies, esa frente de ballena, ojos saltones enmarcados de patas de gallo, y esa panza peluda y gigantesca”.

Sus personajes luchan contra la siguiente pregunta: ¿Qué harías para mantener a un hombre contigo? Una de las temáticas que más le obsesionan a la autora de El monstruo pentápodo son las mujeres que no quieren estar solas, que quieren ser amadas. “Podemos tener mujeres económicamente independientes, exitosas en su trabajo”, tal vez con doctorado y una plaza de investigadora, pero la presión social y las voces de la familia rondan y se materializan con estas frases: te falta un hombre, eres una quedada, estás sola. Blum dice que conoce a mujeres que no se atreven a ir solas a un restaurante.

Esta fragilidad es una construcción de años, generaciones enteras, “es algo que inconscientemente se lo implantamos a las mujeres, como mamás, como papás y como sociedad, de que no está bien estar sola”.

En Cara de liebre dos mujeres se enfrentan a la desolación, al vacío, no hay esperanza en sus vidas. Irlanda y Tamara son completamente distintas e intentarán resolver, de acuerdo a sus herramientas y creencias, el desafío al que se enfrentan. Las dos son frágiles, pero Irlanda decide usar la violencia, ojo por ojo.

Blum precisa que todas esas cosas grotescas y espantosas “que se ven en mi novela se quedan chicas con nuestra realidad, tan se quedan chicas que ya vemos como normal que se asesinen a 12 mujeres al día en este país y damos por hecho que en la literatura y en la vida real las mujeres son las víctimas”.

Las mujeres que retrata Blum nunca obtuvieron el reconocimiento y el cariño familiar. Tamara se sorprende cuando alguien elogia sus cuadros, las pinturas que hace en sus ratos libres, su carrera truncada, los momentos que le arrebata a su trabajo en el Spa donde depila a sus clientes, recibe malos tratos y la condescendencia de otra mujer, su jefa. “Su mirada es la de una mujer por la quien otros han decidido todo, un ser que ya no tiene qué pensar, cuya vida, tan larga o corta, simple o compleja, como sea, ha sido simplificada por el artista que por capricho elige un instante de esa vida para capturar en la pintura”.

En Cara de liebre miramos el acoso escolar, la niña con la cicatriz en el labio hostigada por sus compañeras, golpeada y denigrada. Blum dice que en su niñez ni siquiera pensaba uno en decírselo a los papás. “Yo nunca pensé pedir poyo de los maestros ni de los papás. Simplemente se daba por hecho que uno se defendía y lidiaba con los problemas. Al menos ahora se le da un lugar y se asume que existe. Lo terrible del bullying es que hay seres humanos que tienen esta semilla de la maldad y que no encuentran otro placer más que en el sufrimiento de otros”

Antes de que Irlanda sea golpeada por sus compañeras, “un miedo eléctrico le recorrió la piel. Su mera existencia las motivaba a lastimarla. Por más que ella intentaba no cruzarse en su camino, el quinteto parecía olerla, seguirla”.

La cacería de hombres que hacen daño a las mujeres no termina nunca en Cara de liebre. Irlanda descubre con el tiempo que es inevitable y que, pase lo que pase, no puede detenerse. La venganza es el único camino y además: “Dios no hace tratos con gente como yo”.

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