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Alfonso Cuarón y la UNAM, una relación que cumple 40 años

Omar Páramo / Francisco Medina
En una visita reciente a CU el cineasta aseguró haber recibido en la UNAM la formación necesaria para llevar su carrera hasta donde lo ha hecho.

Hace 40 años Alfonso Cuarón tocó a las puertas de la UNAM. Entonces era un chico de 18 con aspiraciones de cineasta y domicilio en la colonia San Jerónimo que, de inicio, quiso inscribirse en el CCC, pero entonces sólo aceptaban a mayores de 24, por lo que hizo examen al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), cuando éste aún ocupaba una vieja casona en el corazón de la Del Valle y donde la edad no era impedimento.

Hoy Cuarón es el director mexicano con más óscares en su estantería (hay quienes dicen que Iñárritu lo empata si en el conteo se incluye su Óscar especial) y este camino empezó un 11 de septiembre de 1979, cuando el joven presentó su primera reflexión escrita sobre qué lo movía a andar por esta ruta. La primera pregunta del formulario de ingreso era ¿por qué quiere estudiar cine?, a lo que él respondió, con garabatos de bolígrafo azul: “Porque es el arte con el que me identifico más y que mejor comprendo. Esto se basa no sólo en la apreciación sensible de las obras, sino en una experiencia práctica y creativa que se ha convertido en mí en una necesidad”.

Sobre su paso por el CUEC, hace unos días el cineasta señalaba, “en esa época era una escuela muy desarticulada, pero con buenos maestros”. En esa misma reunión, sus profesores describieron a Alfonso como un estudiante ambicioso que, a su parecer, pintaba para fotógrafo y muy amigo de otro alumno, Emmanuel el ChivoLubezki, quien apuntaba a director, “y terminó siendo justo al revés”.

La cinta más reciente de Cuarón, Roma, además de haber ganado los óscares a Mejor Película Extranjera, Director y Fotografía apenas el mes pasado, es considerada su trabajo más personal. En este largometraje, y echando mano de sus recuerdos infantiles, el creador volcó su deseo de visibilizar la vulnerabilidad de las trabajadoras domésticas alrededor del mundo (“casi 70 millones”) no con la crudeza del manifiesto, sino desde los ojos de una mujer mixteca que vuelca su cariño en una familia que no es la suya y que, al mismo tiempo y de una manera muy deficiente, sí lo es.

En el ensayo mecanografiado presentado por Alfonso en 1979 para entrar a la UNAM se aprecia el mismo espíritu que alimenta a este filme: “Aun cuando cualquier película debe desarrollarse en un contexto social y psicológico no debemos radicalizar ninguno de estos ámbitos pues caeríamos en el panfleto. Para superar este burdo estado el cine no debe concretarse a la crítica social directa, sino acompañarse de una serie de valores y conceptos compartidos por todos, como el amor, la muerte o la vejez, lo cual es una manera de incrementar la universalidad de la obra”.

También salta un detalle a la vista tras leer el examen de Cuarón y ver que a la pregunta sobre cuáles son las mejores películas que ha visto, el joven de entonces 18 años elige Llueve sobre mi corazón, de Francis Ford Coppola, aunque luego la tacha para dar lugar a Ladrón de bicicletas, cinta que transcurre también en Roma (pero la de Italia), y en la que Vittorio De Sica escoge de protagonista de su filme a Lamberto Maggiorani, un obrero de fábrica que no era actor, algo que el mexicano repetiría muy a su manera al elegir como Cleo a Yalitza Aparicio, una maestra normalista que tampoco era actriz.

Al recibir el Oscar a Mejor Director el 24 de febrero pasado, el realizador condensó, en apenas ocho palabras, todo aquello que quiso expresar en las decenas de cuartillas de aquel examen de 1979, cuando desde el podio del Dolby Theatre de Hollywood dijo, ya con estatuilla en mano: “Nuestro trabajo es ver donde otros no ven”.

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Cuando Alfonso entró al CUEC hace 40 años, la ausencia de nuestro país no en el panorama internacional era tan vergonzosa que el joven aseguró: “El cine mexicano ha tenido tan pobre fama como pocos realizadores buenos, y aunque ha pasado su vida sumido en épocas oscuras promete obras valiosas gracias a los nuevos talentos que están creando una transición en temas, formas y técnicas. Sin embargo, hay trabas, la económica y la de un sistema de producción y distribución corrompido”.

Hoy, el escenario cinematográfico mundial es impensable sin apellidos como Iñárritu, Del Toro o el mismo Cuarón. Todos ellos han cosechado premios en tal cantidad que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha mostrado su descontento con tuits como el siguiente: “La noche de los óscares es grandiosa para México ¿y por qué no? Es una nación que le roba a EU más que cualquier otra”.

Hasta el momento, Roma tiene más de 70 premios internacionales en su haber, como el León de Oro del Festival de Cine de Venecia por Mejor Película, y probablemente saber esto de antemano esto no le hubiera sorprendido al joven Alfonso, porque como él mismo admitiría mucho después, en su grupo (el ChivoLubezki incluido) no se pecaba de humildad, “en realidad éramos una bola demamones”.

En una visita reciente a CU el cineasta aseguró haber recibido en la UNAM la formación necesaria para llevar su carrera hasta donde lo ha hecho, mientras que sus maestros no dejaron de reconocer el lustre que le da al centro haberlo tenido como alumno. Uno de ellos fue Jorge Ayala Blanco, quien al charlar con la periodista Carmen Aristeguiadmitió con cierto humor: “Tengo 77 años, 56 de hacer crítica de cine sin fallar una semana, 54 de dar clase en el CUEC, 40 libros publicados y ya está escrito mi epitafio: Jorge Ayala, con letras muy chiquitas, y con letras grandotas: ‘maestro de Alfonso Cuarón’”.

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